«Paoletto», un mayordomo fuera de toda sospecha
El Vaticano acusa a Paolo Gabriele de posesión ilegal de documentos secretos

Paolo Gabriele es una persona encantadora, discreta, amable y sonriente. Quien haya viajado con Benedicto XVI ha podido admirar la dedicación filial, casi adoración, de su mayordomo: le sostiene el paraguas cuando llueve o hace sol, le pone o le quita el abrigo, le entrega las medallas para regalar al final de cada acto, recoge cuidadosamente los regalos al Papa…
La pregunta que aguijonea a quienes le conocen era ¿Por qué Paoletto?. ¿Qué le puede haber llevado a traicionar al Papa?
El móvil económico no encaja con su estilo de vida sobrio y hogareño. Paoletto subía al apartamento pontificio a primera hora de la mañana para comenzar su servicio poco antes de la misa en la capilla privada del Papa, a la que asistía junto con las cuatro mujeres «Memores Domini» de Comunión y Liberación que se ocupan del Apartamento.
Terminada la misa, servía el desayuno, lo mismo que después serviría la comida y la cena. Habitualmente, tan sólo los dos secretarios personales –el alemán Georg Gaenswein y el maltés Alfred Xuereb- acompañan al Papa en las comidas, por lo cual Paoletto solía compartir la misma mesa después de servir a las otras tres personas. Su jornada de trabajo concluía después de la cena, una vez comprobado que todo estaba en orden en la habitación del Papa, desde el pijama hasta la ropa del día siguiente.
Cada día, a media mañana, Paoletto aparecía discretamente al final de las audiencias a jefes de Estado y primeros ministros con una bandeja de rosarios y medallas del Pontificado. En el momento del intercambio de regalos Paoletto pasaba al Papa justo el que tenía que entregar a cada visitante: medallas para los jefes de delegación, rosarios de orfebre para las señoras y rosarios más sobrios para los caballeros.
Nadie podía imaginar que durante las audiencias y otros momentos de ausencia simultánea del Papa y don Georg, Paoletto fotografiaba documentos confidenciales en sus despachos.
Las primeras sospechas sobre un miembro del Apartamento fueron inevitables al ver que el libro publicado en Italia el pasado sábado incluía cartas confidenciales que todavía no habían pasado siquiera a la secretaría de Estado.
Los interrogatorios de los dos secretarios y las cuatro mujeres de Comunión y Liberación que llevan la casa –Carmela, Loredana, Cristina y Rosella- no aportaron ninguna pista, mientras que el interrogatorio de Paolo Gabriele empezó a despertar sospechas consideradas previamente imposibles.
El portavoz del Vaticano , Federico Lombardi, comentó el sábado que «en el Vaticano todos le conocen. Hay estupor y dolor, y gran afecto a su familia, que es muy querida». En cuanto podía, Paoletto bajaba a su casa, al lado de las oficinas de «L’Osservatore Romano», para estar con su mujer y jugar con sus tres hijos pequeños después de ayudarles a hacer los deberes. Es un padre de familia ejemplar, cuyo mundo se reducía a su casa y a la del Papa, situada a doscientos metros de distancia.
Un sacerdote que le conoce bien manifestó al vaticanista Andrea Tornielli que «lo recuerdo desde hace mucho tiempo, cuando pasaba por las oficinas de la secretaria de Estado por las tardes limpiando el suelo. Es una persona enamorada de la Iglesia y con gran devoción al Papa; primero Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI». Según ese sacerdote, «Paoletto no es la persona capaz de organizar una operación de ese tipo, a menos que sea una personalidad esquizofrénica. ¿Y por qué motivo? ¿Y para que?».
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