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ABC Cultural

«Los idus de marzo», «John Carter», «Intocable» y «De tu ventana a la mía», entre las críticas de los estrenos de la semana

George Clooney, lo nuevo de Disney, el último éxito del cine francés y el debut en el largo de la española Paula Ortiz se miden en la cartelera

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POR O. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Una campaña electoral en Estados Unidos, en esta caso unas primarias del Partido Demócrata, le han servido al actor, guionista y director George Clooney para demostrar varias cosas que todo el mundo sabe, o debería saber, al menos. La primera es que la política y su comparsa (fontanería, periodismo, mensajería, financieros...) siempre tienen unos principios de los que despojarse. La segunda es que la solidez de los principios que se conservan al final de la carrera victoriosa siempre encuentran una coartada "moral" para que se diluya sin resto, o rastro, la nimiedad de los principios sacrificados. Y la tercera, o primera, exhibir la notable dosis de inteligencia y sagacidad de un tipo de primera llamado Clooney, hábil y flexible para entender que sus tesis adquieren más corpulencia y nervio al no enfocarlas hacia el Partido Republicano (es decir, los otros) sino al Demócrata, que no es tan usual. "Los idus de marzo" es una mirada inteligente, sutilmente despiadada y pesimista, al lugar apropiado, donde más escuece. La película está tramada en tono veraz, cercano, y en clima de "thriller", enfocada principalmente a ese poder sombrío en la trastienda del político personificado en sus asesores de campaña y en la confusión de intereses y principios éticos. Ryan Gosling, grandísimo actor, expresa con su personaje toda la travesía moral de la mariposa (o del capullo) y su metamorfosis, ensombrecido por las ganas de comérselo vivo de dos actorazos como Paul Giamatti y Philip Seymour Hoffman. Mientras que la malicia y talento de Clooney se han reservado para él mismo la difícil pirueta del político Mike Morris, al que sabe resquebrajar con la fuerza y precisión que Sansón las columnas del templo filisteo. "Los idus de marzo" resulta un ejemplo tan edificante e instructivo en lo cinematográfico como deplorable y destructivo en lo político.

POR O. R. M.

El éxito arrollador de esta comedia en Francia podría confundir a quienes tengan algo de memoria y se acuerden de algunos "bluff" anteriores que gozaron del "prestigio" de haber sido la mejor comedia francesa del año: ésta es magnífica, hilarante, humanista, inteligente y fresca sin tener que apartarse un gran trecho del tópico. No hay originalidad real en los personajes que presenta, un tetrapléjico millonario y distinguido junto (o en manos de) un ayudante gamberro, carne de inmigración y extrarradio que pasa del trullo a los salones de la mansión de su impedido jefe. Tampoco la hay en las situaciones, ocasionadas por el lógico choque de esos dos mundos en los que lo inmóvil rima con el vértigo y el protocolo con la insensatez. ¿Dónde está, pues, el resorte que la hace especial?... En la química de los primeros (personajes) y en la espontaneidad de las segundas (situaciones). Parecerá fácil, pero es en realidad complicadísimo y extraordinario: la relación absolutamente improbable entre esas dos personas adquiere tonalidades que la hacen funcionar como película intocable, en efecto. Es una comedia que parece no aspirar a más cosa que a que el personal se ría como una hiena, aunque contiene un controladísimo material humano y emocional por si alguien quiere pegarse a él; los directores, Eric Toledano y Olivier Nakache, le dan la forma correcta a la película: rápida y serena, prevista (casi trillada) pero con chispa..., una especie de "road movie" alrededor del sillón de un tetrapléjico y al ritmo rapero y porreta de un tipo que se pasa el mundo por l'Arc de Triomphe. Y esa corrección en las formas, Toledano y Nakache la sazonan con una cierta incorrección en los fondos mediante una fusión de malicia y sensatez vital, de camaradería indecente y pertinente, con un canto lleno de gallos y carraspeos a la amistad. Pero el mayor mérito es de la pareja de actores, un auténtico incendio: la chispa de Omar Sy, al modo de la mejor versión de Eddie Murphy, se arrima a la yesca reseca de François Cluzet y... voilà.

POR J. M. CUÉLLAR

En algunas ocasiones, no siempre, los puristas tienen razónsi dejamos el cine en manos de la tecnología estamos perdidos. El alma se nos va por vericuetos vacíos, sin contenido, sin emoción alguna. Le pasa a «John Carter», una película de fuegos artificiales con espléndidos efectos especiales. Pero eso no basta: se necesita que haya un diálogo sensato y creíble. Bien, eso no existe, o peor, existe pero mejor que no hubiera salido de la mente del guionista. Son charlas atroces, insólitas, apenas trabajadas y sin una sola vuelta de tuerca en su desarrollo. El resto es también plano e hierba pisada. Solo se diferencia por la puesta en escena, y por ahí se salvan muebles de la quemazón. Grave tropiezo de Pixar.

«Dictado»

POR O. R. M.

Anduvo de puntillas en el pasado Festival de Berlín, pero "Dictado" es más bien una película muy contundente, de pisotón, y que husmea entre asuntos que se le pudren al ser humano como un queso azul, sin que apenas se note en su apariencia verdosa pero ocultando el gran trastorno de su interior. El sentimiento de culpa, la maternidad frustrada, los miedos mal enterrados, el virus de la desconfianza..., todo ello es lo que se concentra en un hombre y una mujer, profesores de un colegio, cuando deciden aceptar bajo su tutela a Julia, la hija de un amigo de la infancia que ha muerto en extrañas circunstancias... Antonio Chavarrías conduce esta historia desdoblada en el tiempo (el pasado acecha al presente) por esa ruta abierta y transitada por el cine de Bayona o Balagueró, aunque le añade un difícil toque de claridad o naturalidad, gracias especialmente al magnífico trabajo de su pareja protagonista, un Juan Diego Botto que entiende, alberga y expresa con sutileza la diferencia entre lo azul y lo verde, y Bárbara Lennie, que funde de maravilla el neorrealismo al expresionismo.

«De tu ventana a la mía»

POR J. CORTIJO

No ha elegido el camino más fácil Paula Ortiz para poner la primera banderita y fonda de su filmografía: nada menos que un drama a tres bandas en el que perfila, con trazo más o menos fino, las tristes vidas de otras tantas mujeres a lo largo del siglo XX, marcadas por la desilusión, la insatisfacción, la enfermedad, la injusticia social y, en fin, los sueños estampados y hechos añicos. Panorama completito del que solo se podía salir no escaldado echando mano, por un lado, de un puñado de actrices con los fundamentos muy bien puestos —y actores, como un Roberto Álamo que demuestra que sin pintarrajos de tigre luce un ímpetu más efectivo— y, por otro, con un tono lírico y evocador (tanto en su vertiente simbólica con olor a lavanda como árida estilo Dovjenko o Malick), que a veces da alas, pero otras lastra (como también cierto tono de discriminación positiva y regodeo ante el fatum que persigue a las antiheroínas), el desplegado de mapa físico que propone su directora, quien quizá debería haber tomado algunas lecciones más «de género», tanto femenino como masculino (Almodóvar, Cukor, Newman), para abrir sin tapujos las ventanas, y orear su amplia y pelín rancia habitación.

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