Dickens in love
El 7 de febrero se cumplen 200 años del nacimiento del gigante literario inglés. Ese día se publica «Dickens enamorado», sus cartas de amor, pasión y desdicha
Charles Dickens, que tiene en esta fiesta su papel: /Es un merluzo, y sin corazón él./No es que no tenga: alguien se lo robó/en mayo hizo un año, según corre el rumor ». Con este ripio pseudopoético de mocedad, Charles Dickens confesaba su desenfreno hacia María Beadnell, su primer amor, y más tarde pasión clandestina. El poema se escribió en 1831, por lo que el amor de Dickens y María germinó en mayo de 1830. Fruto de él, un buen puñado de cartas inéditas en español que ahora ven la luz en «Dickens enamorado» (Fórcola), libro al exquisito cuidado de Amelia Pérez de Villar, en cuyas manos puso el epistolario el editor Javier Jiménez, que lo descubrió.
Los padres de María Beadnell no querían que el romance entre ella y Dickens prosperase, y la enviaron a una escuela de París [desde el otoño de 1831 a principios de 1833], en la rue de Berry, para completar su educación, propiciar el olvido, o enfriar la pasión. Pero Dickens no olvidó, y en marzo de 1833 principió esta maravillosa historia de amor y «paradójicamente de ruptura», apunta Amelia Pérez de Villar.
Se conservan cinco cartas de Dickens a María y una a su amiga, Mary Ann Leigh, que «se metió por medio»: coqueteó con Dickens, tal vez esperando que María le rechazara definitivamente, y sembró algo de cizaña. Ya casada con Henry Louis Winter, María envió a Dickens otra serie de cartas a modo de saludo. Se escribieron 22 años después, en 1855, entre febrero y junio: Dickens tenía ya 43 años y 9 hijos. Hay otras seis cartas, entre ellas alguna dirigida al matrimonio Winter.
Aunque los biógrafos no lo reconocen, sí hubo idilio entre María y Dickens . Arrancó en 1830 y se marchitó con el viaje de ella a Francia. Se vieron en callejones, iglesias, y con la mediación de una doncella. Fue una pasión clandestina, que no contó con la aprobación de la familia Beadnell, y no se hizo pública. «Por las cartas sabemos que Dickens la da por terminado, prueba de que moralmente el compromiso, si bien privado y mantenido en secreto, existió», señala la autora.
Destellos de Copperfield
En carta del 15 de febrero de 1855, Dickens le confía a su amada, María Beadnell, que «es posible que haya visto en algún detalle de Dora [de David Copperfield] pequeñas pinceladas de lo que usted era. Estoy seguro de que sus gracias se habrán perpetuado en sus niñas y volverán loco a otro joven amante, aunque este nunca sea tan devoto como lo fuimos Copperfield y yo». ¿Qué llama de amor prendió más: él de ella o ella de él? «Sin duda, él de ella —señala Amelia Pérez de Villar—. Peter Ackroyd [uno de los biógrafo de Dickens] define a María como “coqueta, incluso frívola”. Cuantos hablan de ella la describen como una mujer simplona, tanto de joven como en la madurez. En un momento dado se cansó, o entendió que sus padres tenían razón: no era un pretendiente adecuado para ella. Dos años menor, sin un empleo estable y aficionado al teatro y a la vida social... Ella no peleó por su amor. Acató las órdenes de sus progenitores y le dejó marchar».
El «reencuentro» con María en 1855 dejó profundamante decepcionado a Dickens, «tanto, que si María Beadnell le había inspirado a la Dora de David Copperfield, María casada, de apellido Winter, le sugería a la Flora Finching de La pequeña Dorrit: aquella joven se había convertido en una mujer gorda, glotona y que hablaba por los codos». Y disfrutó la venganza en frío. Apenas dos años después, Charles Dickens se lanzaba a la conquista de una joven actriz teatral, Nelly Ternan, que le impulsó a romper su matrimonio con Catherine Hogarth tras 20 años [ese casamiento fue «el peor error» de su vida para Dickens], y que le acompañaría hasta su muerte, de un derrame cerebral, a las 6 de la mañana del 9 de junio de 1870.
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