impertinencias liberales
Liberales. Salvajes, por supuesto
Más que manía, lo que revela es el escaso andamiaje intelectual en estos campos del presidente Rivero
Resulta descorazonador cómo, tras veinte años en el gobierno autonómico, nuestros dirigentes siguen encontrando en el exterior un chivo expiatorio que explique tanto retraso y desidia en nuestra comunidad. En el Parlamento, nada menos, se atrevió Paulino Rivero a señalar las causas de los cinco millones de parados que en España hay y que no son otras que «las políticas liberalizadoras del PP de Aznar». No contento, señaló que el partido conservador defiende que los empresarios amasen dinero. Todo un disparate que no admite el más mínimo análisis.
En España, quien más privatizó no fue el PP de Aznar sino el PSOE de González, pero ninguno de esos gobiernos se ocupó de liberalizar sectores que consideraban estratégicos y que siguen hiperregulados, hasta el punto en que es muy complicado observar un mercado que merezca tal consideración. La amable ficción de Rivero se completaría con la evidencia de que no hay una retirada de la política sobre la economía, siendo más bien al contrario: el aumento en el PIB del sector público se convierte en extenuante, hasta el punto que controla directamente casi una mitad del mismo y manda —mucho— sobre la otra. Algo que es notorio también en Canarias, donde las administraciones interfieren e intervienen sobre tantos campos como se les ocurre sin apenas límites. Se podría asimismo reprochar a Rivero su flaqueza de memoria, pues aquel primer gobierno de Aznar contó con el entusiasta apoyo de CC —que el presidía—, por más que es sabido que nunca han sido muy exigentes desde un punto de vista ideológico a la hora de establecer sus alianzas de poder.
Llama la atención, también, esa apelación a las políticas de crecimiento que machaquen el territorio cuando su gobierno patrocina la renovación de la moratoria turística, ese ejercicio de racionamiento que duplicó el número de camas hoteleras y atrajo a más de 400 mil nuevos habitantes a las islas, dos de las razones que pretendían combatir en el momento inicial de su aprobación.
Puestos a completar el argumentario, no dudó en arremeter contra los empresarios, a los que extrañamente acusó de pretender ganar dinero, función esencial en las sociedades dinámicas pues es a partir de ese punto cuando empiezan a darse las siguientes condiciones económicas, esto es, a crear empleo y generar riqueza. Tardó poco Agustín Manrique de Lara, presidente del Círculo de Empresarios de Gran Canaria, en reprochar la aversión que siente Rivero por la empresa —aunque se ve que no todas las empresas le merecen igual sanción—. Más que manía, lo que da la sensación es del poco andamiaje intelectual en estos campos del presidente. Así que, ya puestos, bien haría en aparcar por un momento sus lecturas de Murakami y meterle el diente, por fin, a «El liberalismo no es pecado», de Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo, editado por Deusto. Sería de agradecer.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete