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Auge y caída del capo Lauro

Se codeaba con futbolistas, políticos y jueces. Más de 50 negocios eran suyos, hasta que pasó de ser el mayor narco de Madrid a perder su imperio

CARLOS HIDALGO/ M. J. ÁLVAREZ

El día de la final de la Copa del Rey de 2009, bajo el palco presidido por Don Juan Carlos, un conocidísimo ex jugador del Real Madrid había reservado un asiento para un viejo amigo de la noche: Lauro Sánchez Serrano . Su nombre nunca aparecía en el registro mercantil, pero, hasta hace bien poco, era uno de los capos de la noche madrileña. Su último objetivo era la antigua sala Aqualung, Teatro Quinto . Quería meter a 7.000 personas cada noche y todo lo que eso conlleva, dentro y fuera de la legalidad; o lo que es lo mismo, dar, con ello, salida a un par de kilos de cocaína al día. Pero la operación «Guateque» frustró sus deseos de hacerse con una licencia municipal. Y echó mano de testaferros.

Así trabajaba Laurentino Sánchez Serrano (Colombia, 1972), el hombre sin nombre, que vivía a todo trapo con su esposa, Fanny Fernández Bosch, y sus dos hijos en una lujosa casa de Boadilla del Monte. Se tuteaba con políticos, jueces y algún policía. Hasta que en la operación «Colapso», desarrollada por la UDEV Central y la Udyco de Madrid de la Policía Nacional, del pasado enero, dio con sus huesos en la cárcel.

El desarrollo posterior de la macrooperación contra las mafias de la noche madrileña, adelantada por ABC , revela detalles de guión cinematográfico. Todos coinciden, sobre Lauro, que era la hora de bajarle del altar. Su poderío era brutal. Era capaz de meter en Hot, el burdel que ocupa la antigua Bocaccio, un kilo de cocaína por noche, para una clientela de pretendido postín que pagaba a cien euros el gramo. «Él trabajaba más sesiones que locales en sí; porque quien controla la sesión pone los camareros, los porteros, los relaciones públicas y, por tanto, controla la droga que se mueve dentro», indican fuentes policiales. Hasta el punto de que Lauro se convirtió en el principal proveedor de droga en el ambiente de la noche.

Ayudado por su hermano Ángel, apodado «Patata», negociaba con los cárteles de las montañas colombianas y se traía barcos con entre 4 y 6 toneladas de coca al puerto de Huelva. Hasta que un cargamento fue abortado en tres ocasiones.

—No contacta el novio con la novia —se avisaron—. O lo que es lo mismo en el lenguaje cifrado de los narcos: el barco y la nodriza no se han encontrado en alta mar.

¿La razón? Los propios transportistas terminan por no sacar el barco y engañan a Lauro. Cuando la nodriza regresa hacia Colombia, el 15 de septiembre de 2009 y a la altura del Mar Caribe, la Armada Británica la bombardeó. Los 212 fardos de cocaína, valorados en casi 400 millones de dólares, quedan requisados, y el prestigio y credibilidad de Lauro Sánchez Serrano, por los suelos. Comienza su declive. Sus socios en las importaciones le dan de lado, no tiene mercancía ni liquidez. Así que actúa a la desesperada y envía a su hermano a negociar en persona a Colombia, aun a riesgo de su propia vida. Y, además, pide un crédito de 1,8 millones a Caja Duero : como garantía da el alquiler del Gimnasio Barceló, que, en realidad, es uno de los puntales de su entramado de 50 empresas, todas a nombre de testaferros.

Cirugía, saraos y famosas

Lauro se acerca al infierno y no le queda otra que recurrir a Ana María Cameno, «La Reina de la Coca». Ella quería pasar de dirigir el aparato logístico de los cargamentos que se movían en España a distribuir. Y aparece otro nombre, el del verdadero receptador de la cocaína, hasta entonces intocable: Álvaro López Tardón, asentado en Miami, aunque con varios lazos con nuestro país: su negocio se desarrollaba en territorio español, donde residía su hermano y mano derecha, Artemio, e incluso había tenido un «affaire» con la cantante Malena Gracia. Aunque quizá lo más llamativo de este individuo fuese su adicción a la cirugía estética: hasta sus abdominales de pretendido modelo (así se vendía él mismo) eran de pega.

Las fiestas que organizaba su hermano en Molina de la Hoz fueron «antológicas, en un chalé de escándalo, con los hermanos Gamarra [responsables de la sesión Heaven, en la que murió tiroteado el portero búlgaro Catalin Stefan Crazium]; Lauro; Jimmy, uña y carne de los Tardón...». Los fiestorros duraban hasta tres días y la coca de mejor calidad «rulaba» a espuertas, como refleja uno de los pinchazos telefónicos: «La gente le daba a todo, pero yo sólo le pegaba al turrón [cocaína], tío. Pero aquello era una pasada, como el paraíso».

La Policía aún tenía que atar cabos hasta relacionar a unos con otros y que el puzzle tomara forma. En agosto de 2010, pillaron en San Blas a Isaac Mayor, el encargado de entregar a Álvaro en Miami todo el dinero. Llevaba 5 kilos de cocaína. En enero pasado, cuando cayó «La Reina de la Coca» (a la que en clave llamaban «Pollito»), el nombre de Isaac aparecía entre su documentación: el círculo entre Ana María y López Tardón se iba cerrando. Aquel alijo de 5 kilos tenía sus destinatarios, los hermanos Víctor y Raúl Juárez Smith, que ocupaban un nivel intermedio en la trama y colocaban la droga de Lauro. Regentaban un taller de coches bajo cuya apariencia normal caleteaban coches para meter hachís, cristal y el porcentaje de coca con el que Lauro les pagaba, que revendían en Marruecos, donde está por las nubes.

Lauro movía otro gran negocio con su mano derecha, Nacho Rocha, el sujeto que intentó matar al abogado Emilio Rodríguez Menéndez por encargo de su ex esposa: hacerse en exclusiva con la terminal de carga del aeropuerto de Ciudad Real. Se movieron a primer nivel político y financiero, pero la operación fue al traste.

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