Los quince del 15-M
Casi seis meses después de su nacimiento, el de los indignados se ha revelado como un movimiento cada vez más heterogéneo y con un futuro incierto

Lope, en Fuenteovejuna: «Un popular motín mal se detiene». Los indignados de hoy se repliegan ante el «establishment» de la opinión pública (los medios de comunicación convencionales), pero mantienen la actividad en las redes sociales, su sala de calderas. La argamasa de un intercambio digital de ideas y emociones cuajó, tomó la calle un 15 de mayo y ahora se ha acuartelado en Facebook y Twitter, pero podría volver a la calle. Se trata de un «impasse» solo aparente en el que episodios ruidosos como la ocupación de un hotel en el centro de Madrid no resultan esclarecedores, sino todo lo contrario: mientras los focos se colocan sobre el lumpen de las moquetas raídas, lo sustancial se está cociendo en otra parte, y continúa adelante. Los análisis del fenómeno no son unidireccionales, pues la mayoría de los observadores no encuentran un parentesco claro entre los indignados y otros movimientos sociales. Ni siquiera aporta luz el papel más simbólico que real de figuras de la izquierda como el diplomático y activista francés Stéphane Hessel, autor del libro-manifiesto «Indignaos».
El jurista Josep Jover, promotor del «cibermovimiento» contra el canon digital y la «Ley Sinde» y, como tal, partícipe tangencial en la génesis de la revuelta, considera que nos hallamos ante un apasionante campo de batalla «que tiene que ver poco con la política. Es un movimiento generacional de toma del poder por parte de gente que nos está diciendo: “No quiero ser un puto mileurista el resto de mi vida”. Por eso yo suelo comentar que el perroflauta de hoy es el concejal de mañana». Jover, productor del documental «Indignados» que se estrenará en la red el 4 de noviembre (comienzo de la campaña electoral), apunta que «desde el primer momento los informes sociológicos nos dijeron que los “indignados” no eran parados sin esperanza alguna. Al revés, la mayoría tenían trabajo estable, y una abrumadora proporción de ellos, estudios superiores. El movimiento reúne a gente de derechas, de izquierdas, a extremistas y ultranacionalistas vascos o catalanes. Todos capaces, sin embargo, de ponerse de acuerdo para actuar juntos. ¿Cómo es eso posible? En mi opinión, el mínimo común denominador es que todos ellos aspiran a lograr una posición de mando en el futuro en cada una de sus opciones políticas. Y esa organización que montaron en la calle (una especie de ágora griega en el caso de Barcelona y una “kasba” en el de Madrid) les ha servido de máster de dos meses para el aprendizaje de la toma del poder. Ahí se han curtido en organización de servicios, en montar su propia policía, en enfrentarse a otros poderes... Les ha sido muy útil, y por eso auguro que dentro de cinco o siete años estarán todos perfectamente colocados». Estas bases, según Jover, explicarían la extraña cohabitación de «Democracia Real Ya» o los «Afectados por la Hipoteca» con los representantes de «Juventud sin Futuro» o de «Rompamos el silencio», trufada con los ciberactivistas de «Anonymous» o los miembros de Attac, veterana organización que reclama la implantación de la Tasa Tobin en el comercio mundial.Eso sí, detecta características muy específicas en la movilización: «Por primera vez en la historia en una revolución hay más tecnología delante de las fuerzas policiales que detrás».
El sociólogo Emilio Lamo de Espinosa también ha analizado detenidamente un fenómeno que, frente a lo que apuntan muchos de sus colegas, no le ha producido desconcierto: «Lo que de verdad me sorprendía era la creciente y muy seria brecha abierta entre los ciudadanos y los políticos sin que hubiera una reacción. El 15-M lo que ha hecho ha sido erigirse en portavoz del descontento, y por eso suscitó un enorme apoyo popular». Estima Lamo de Espinosa que el germen de los «indignados» fue la oposición a la «Ley Sinde», articulada y eficientemente propagada desde las plataformas de internet: «Se activaron los “hackers” y en esa lucha confluyeron con “Democracia Real Ya”».
La bola de nieve de la red
«Lo más novedoso del 15-M es —según Lamo— que su principal activo es la red. Pero también es su principal hipoteca». ¿Por qué esa aparente contradicción? «Porque internet es un vehículo fantástico para organizarse y movilizarse. Es una bola de nieve extraordinariamente efectiva. Pero, en contrapartida, es un medio malo para discutir con la necesaria profundidad y amplitud, para llegar a acuerdos o plantear consensos. Y más aún si, como es el caso, no hay líderes». Coincide con Jover en que el 15-M es muy transversal, pero, a diferencia del jurista catalán, no diagnostica que se trate de una oleada generacional para la toma del poder, «porque precisamente hay transversalidad en las ideologías y en las clases sociales, pero también la hay en la edad. Estas personas no están ahí para hacer una revolución, sino que buscan influir en las instituciones. Por eso suelen decir que los “antisistema” no son ellos, sino quienes pervierten la democracia». También refuta los análisis que atribuyen un nulo impacto electoral de la movilización en el pasado 22-M. «Alguna incidencia tuvo. Inhibió el voto al PSOE, engordó el de partidos como UPyD y alimentó el voto en blanco».
Por su falta de concreción, Lamo no concede a los «indignados» la categoría de «movimiento social», pero sí admite que han tenido cierta capacidad de «calar» en la agenda política. Ellos no han detallado propuestas de regeneración democrática, «pero ahora los partidos empiezan a hacer suyos enunciados como los de las listas abiertas o los de la lucha contra la corrupción».
Desde la fundación Ideas, el «think tank» del PSOE, Irene Ramos Vielba, responsable del área de Política, Ciudadanía e Igualdad, apunta que «no es extraño que ante el 15-M, por novedoso, tengamos que hacer un esfuerzo para entenderlo e integrarlo correctamente. Por eso unos lo vinculan al Mayo del 68, otros a las primaveras árabes... Lo que es innegable es que ha surgido del descontento social y de un deseo de mejora de las condiciones de vida». Para Ramos Vielba, en contra de la opinión de Lamo de Espinosa, «sí se trata claramente de un movimiento social porque en ningún sitio está escrito que para serlo tenga que tener un manifiesto. Basta con que se trate de una respuesta colectiva en la calle. Las redes sociales se han revelado como una poderosa herramienta de movilización, y si su modelo de deliberación, asambleario, tropieza con ciertas limitaciones en internet, no creo que eso les hipoteque. Quizá es que a partir de ahí corresponde a los partidos pasar a la concreción». Tampoco estima que, pasados unos meses, se pueda pensar que los indignados se hayan desinflado: «Muchos dijeron que tras las municipales se evaporarían, y no ha sido así. Es más, hay un fenómeno de expansión por todo el mundo». Piensa que el 15-M, aunque tenga adherencias radicales, «no es antisistema, sino que busca mejorar el que tenemos».
Otra visión aporta Arcadi Oliveres, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Presidente de la ONG Justicia y Paz y activista del movimiento antiglobalización desde Seattle, estima que los «indignados» no son antisistema, en la medida en la que son aún bisoños: «Yo les veo esa carencia, precisamente: la de su desconexión de otros movimientos por falta de formación política. Y creo que eso puede cambiar porque, en mi opinión, una crítica al sistema ha de ser radical». Mientras, en el inmueble que un día fue el hotel Madrid corretean perros y niños descalzos. El grueso de los «indignados» se ha desmarcado de esta iniciativa de «okupación», pero a la mitad de la sociedad que aún vive al margen de internet solo le llega esa foto.
Los radicales toman las riendas
Y, además, «No todo es inocente en Sol», como tituló ABC apenas tres días después del 15-M. Ya entonces, al calor de los recién bautizados «indignados», comenzaban a atrincherarse individuos de ideología ultra, como revelan los datos que maneja la Policía. Fue la acampada en la Puerta del Sol el punto de inflexión. Empezó como un movimiento pseudoespontáneo, pero los dos meses de ocupación de la plaza fueron el perfecto caldo de cultivo para grupos organizados de okupas, anarquistas y antifascistas; en definitiva, «gente que hace de las protestas radicales su modo de vida». Aquel era el momento de las manifestaciones no comunicadas, no autorizadas, ilegales. «Es su manera de hacerse notar y de ir tomando las riendas de un movimiento que nació con otro espíritu y con el apoyo masivo de los ciudadanos, familias enteras que compartían las inquietudes y reivindicaciones del 15-M», señalan dichas fuentes.
La metamorfosis cristalizó en el momento en que los verdaderos «indignados» quedaron en segundo plano y se sucedieron las protestas ante el Congreso de los Diputados, el asentamiento en el paseo del Prado y los enfrentamientos, cada vez más constantes, con los «antidisturbios». Se calcula que en Madrid existen unas 800 personas de este perfil, entre okupa y anarquista. Y sirva un ejemplo para ilustrar el daño que este nido radical ha hecho al movimiento legítimo: durante los dos meses de la toma de Sol, los propios indignados interpusieron 46 denuncias por robos dentro del campamento. Los principales sindicatos policiales, SUP, UFP y CEP, denuncian la inacción de la Delegación del Gobierno, a la que acusan de regirse por criterios políticos: en mayo, por la inminencia de las elecciones locales y autonómicas; y ahora, por la de las generales.
Frente al conglomerado de perfiles del verdadero 15-M, los ultras sí que están estructurados. Durante la «marcha laica» de mediados de agosto se contaron hasta quince asociaciones radicales que caldearon el ambiente hasta que se desencadenaron violentos enfrentamientos con la Policía. «Porque eso es lo que buscan, provocar hasta que se actúa —indica un agente—; si no, para ellos la manifestación no ha tenido éxito».
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