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ABC Cultural

Arturo Pérez-Reverte: «Sin la España de Alatriste no se entiende la de hoy»

«El puente de los asesinos» es la séptimaentrega de la célebre saga protagonizadapor el recio Capitán y sus camaradas.¿Destino? Milán. ¡En guardia!

Arturo Pérez-Reverte: «Sin la España de Alatriste no se entiende la de hoy» ERNESTO AGUDO

MANUEL DE LA FUENTE

Siete, como las siete vidas de un gato de los viejos Madriles, donde se tiraba de espada con tanta facilidad como se tiraba de lengua. Siete, como los españolísimos Siete Infantes de Lara. Siete, como los Siete Niños de Écija, puro adn carpetovetónico. Siete como las siete entregas de las aventuras del Capitán Alatriste, que están de estreno con una nueva pieza, «El puente de los asesinos» (Alfaguara) que el soldado y sus camaradas deberán cruzar en tierras italianas después de haber sido metidos en harina y faena por el poeta Quevedo, tan buscón el hombre como siempre.

—Alatriste lleva al lector a ese territorio de la infancia, cuando en la cama nos encontrábamos con Ivanhoe, con Verne, con Salgari...

—Era una de mis intenciones, pero no la única. También quería tratar de comprendernos ahora a partir de lo que fuimos entonces.

—¿Alatriste es uno de los nuestros?

—Me llegan muchas cartas que me dicen: don Arturo, yo también soy Alatriste. Porque el capitán tiene una mirada moderna que vale para la España de hoy. Lo han dejado tirado como a un perro, vamos, que está en la calle buscándose la vida, como el español de entonces y de siempre.

—Se lo habrán preguntado cien veces. Vamos con la ciento una. ¿Dónde nació su héroe?

—Alatriste es toda una vida, un tipo que evoluciona hacia lugares muy tenebrosos. Pero sale de la vida.

—¿De la suya?

—Hay libros que no se escriben con la imaginación, sino con la memoria. Cuando yo hablo de matar, de violar, de torturar, de soledades, de miedo, de huida, sé de lo que hablo porque lo he vivido. Yo comparto mis recuerdos y mi memoria con Alatriste.

—¿Camaradas?

—Yo me hago mayor y Alatriste se hace mayor. Mi mirada ya está cansada y le he transmitido ese cansancio, y él ha reflexionado sobre ello.

¿También es un amigo?

—Sí, lo es. Y ahora tenemos una intimidad que antes no se daba.

—En sus libros las ciudades se huelen, se tocan, se pasean.

—El periodista es un tipo que mira. Esa manera de ver el mundo que te da el oficio te permite apreciar que una mujer es guapa por la forma de caminar, por cómo se le marca un músculo cuando coge un vaso. Eso te lo da el ejercicio de los ojos. El periodismo me enseñó a mirar.

—En la novela aparecen personajes reales. En este caso, Quevedo y Lopito, el hijo de Lope. ¿Es un vicio?

—Un vicio del que no se puede abusar. Tienes que currártelo muchísimo; aunque solo sea para un cameo de dos líneas, tiene que ser impecable, si no siempre habrá un tío que te diga: señor Reverte, en esa fecha Quevedo estaba preso en la cárcel de Calahorra.. Pero sí, es muy divertido, por el lector y por mí.

—¿La fiel infantería lo era, o si le tocaban los pelendengues...?

—Se amotinaban como pocos... pero sobre todo tenían una cosa sagrada: la reputación. No eran fieles a las banderas, ni por patriotismo. Eran depredadores que pensaban: en Flandes hay rubias, si saqueo un palacio me forro, en América hay oro... Pero ser soldado español daba caché, eras un soldado del Imperio, como un marine de hoy, o más. Al final todo se resume en la frase que tanto ha hecho por España para bien y para mal: ¿a que no hay cojones? Lo otro son milongas.

—Aquella Edad de Oro brilla por su ausencia entre nosotros .

—El franquismo contaminó de ideología todas estas cosas. Y los que llegaron después, en vez de limpiar esa contaminación y que las cosas volvieran a la normalidad, porque son cosas necesarias, no lo hicieron, y todo lo que sea hablar de eso es fascismo. Arrinconamos y renunciamos a nuestra memoria, nuestra estupidez nos ha dejado huérfanos. Nunca se han han escrito cosas tan duras, tan crudas y descarnadas sobre España como en los alatristes.

—Hablemos de Rocroi, ya que allí finiquitarán al capitán. ¿Mejor palmarla en Rocroi que por una bala de un francotirador en Sarajevo?

—Lo mejor es no palmarla. No soy un nostálgico de la España imperial, pero la mir con interés para explicar el presente. No me gustaría ir por ahí con espada y chambergo de pluma, pero sin la España de Alatriste no se entiende la de hoy.

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