El capitán de la gran selección libia de los ochenta se sienta cada mañana con sus vecinos —algunos de ellos ex compañeros de vestuario— a la sombra de los árboles de su barrio de Darah, en el centro de Trípoli. Allí se forma una de las tertulias deportivas más célebres de la capital, una tertulia a la que Abdul Rezaq Jrana y sus amigos han incorporado estos días la política, antes un tema tabú. La persona que lideró al combinado nacional que disputó la final de la Copa de África frente a Ghana en 1982 es además gran amigo del nuevo presidente del Consejo Nacional Transitorio (CNT), Mustafá Abdul Jalil, «otro ex futbolista y gran amante de este deporte».
—¿Cómo ha cambiado la tertulia diaria desde la huida de Gadafi?
—Lo que antes podíamos decir solo a personas de mucha confianza ahora lo proclamamos a los cuatro vientos. Desde nuestras ideas políticas hasta cosas menores, pero importantes para nosotros, los deportistas. Saadi Gadafi era mediocre, un jugador del montón al que su apellido y el dinero de la familia auparon al fútbol internacional, nada más.
—Han pasado muchos años desde su retirada, pero la gente le sigue parando por la calle. ¿Es tan importante el fútbol en Libia?
—Fui capitán de la selección en 1982, el año en el que jugamos la final de la Copa de África frente a Ghana y perdimos en los penaltis. Ese ha sido el mejor equipo que ha tenido este país en la historia, según la prensa deportiva. En total hice veinte goles con el equipo nacional, y la gente me recuerda como «el cerebro» de aquel equipo. A los libios nos gusta mucho el fútbol, pero aquí no somos profesionales. Yo siempre tuve que compaginar el balón con el trabajo en la planta petrolera de Brega, donde sigo trabajando.
—¿Le felicitó Gadafi por su segundo puesto en la Copa de África?
—Nunca. Según el Libro Verde, cada persona que está en la grada tendría derecho a darle patadas al balón. Gadafi decía que quería hacer un gran campo de fútbol desde Egipto a Túnez para que cada libio pudiera jugar porque el deporte público correspondía a las masas. ¡Imagínese! Ilegalizó todos los clubes y entonces tuvimos que fundar «asociaciones de encuentro de deportistas», un eufemismo que nos permitió mantener el fútbol vivo durante los años duros del «pensamiento popular». Con el paso de los años el experimento socialista se desinfló, la cosa fue calmándose y volvimos a la Liga tradicional.
—Pero Saadi Gadafi pudo emigrar a Italia para intentar jugar en la Primera división. ¿Cómo lo vivió usted?
—Saadi es el único jugador del país que ha podido llegar a ser profesional en los últimos 42 años. Los jóvenes que han querido progresar han tenido que huir y pedir asilo, no había otra manera. Al menos, de esta forma han visto mundo y recibido una buena formación, pero solo contados han llegado a debutar en grandes ligas. Él estuvo cuatro años en el Calcio (2003-2007) y apenas jugó dos partidos; una vergüenza.
—¿Y cuando Saadi jugaba en Libia?
—Recuerdo muy bien su etapa en el Ahly. Si cogía el balón no había jugador que se atreviera a hacer una falta; tampoco los árbitros pitaban nada en contra del hijo del líder que era capitán de su equipo y de la selección nacional, y presidente de la Federación de Fútbol, todo a la vez. Sus guardias de seguridad controlaban la grada para que nadie pitara o le insultara. Se vivía una mezcla de tensión y cachondeo en las gradas.
—El nuevo presidente del CNT acaba de llegar a Trípoli. ¿Le ha llamado para jugar un partidillo?
—Tendrá cosas más importantes, pero hasta el mes de enero, justo unos días antes de estallar la revolución, jugábamos juntos cuando era ministro de Justicia. Antes que juez y político fue futbolista, era el número 8 del Al Bayda, un jugador menudo pero muy inteligente, una especie de Iniesta libio, que ahora es quien nos ha traído la libertad.