la lupa
El secreto de Rubalcaba
... en lo que parece ser un desesperado intento por controlar la adecuada ditribución de sus eslóganes de campaña
ES reconocida la capacidad para la maniobra de Alfredo Pérez Rubalcaba. Su reputación en el arte del subterfugio le precede, pero ayer se superó en Santiago de Compostela cuando admitió, con su semblante más solemne, que se empeñará en la próxima campaña electoral en convencer a los votantes de que sabe qué medidas hay que tomar para acabar con el paro, que reconoció como el principal problema de los españoles. Se trata, en la interpretación más generosa —in dubita pro reo— de una confesión de doble personalidad defectuosa, que le inhabilita en la medida en que el Rubalcaba candidato ha sido incapaz de explicar, y convencer, de la bondad de sus recetas al Rubalcaba vicepresidente y número dos del Gobierno socialista que acabará su mandato con cinco millones de desempleados.
O confesión de culpabilidad y alejamiento preocupante de la realidad, o cinismo absoluto, que se agrava con la gratuita afirmación de que España está en estos momentos mejor que hace dos años. Puede que España sí, en las estadísticas que manipule, pero no los españoles que han engrosado las estadísticas del Inem en los últimos 24 meses, Tampoco los ciudadanos —funcionarios y empleados de la empresa privada— que han visto cómo se reducía su salario como consecuencia de la tardía e insuficiente reacción del gabinete ante la crisis; ni los decenas de miles de pobres que han engrosado los comedores sociales en los dos últimos ejercicios, ni los gallegos que sufren que la cesta de la compra haya subido seis veces más que sus nóminas.
El Rubalcaba candidato llegó tarde a Compostela —como muchos de los sufridos usuarios de un aeropuerto en el que el Gobierno al que pertenece, moderniza las terminales, los accesos y los aparcamientos, pero se olvida de dotar de un número suficiente de controladores y de un adecuado sistema de señalización anti niebla— y entró con mal pie en la ciudad del Apóstol, donde despachó a los periodistas en apenas quince minutos de rueda de prensa para luego impedir que asistieran al encuentro público con sus militantes, en lo que parece ser un desesperado intento por controlar la adecuada distribución de sus eslóganes de campaña.
Demasiado secretismo, quizás para estimular el interés hacia su argumentario.
Poca credibilidad puede ganar por otra parte cuando se dice partidario de otra forma de hacer política, pero lo hace ante el aún secretario general del PSOE gallego, Manuel «Mansiones» Vázquez; el secretario de Organización Pablo García, señalado como organizador de la trama agraria; su antecesor, el conseguidor Ricardo Varela, tan enfangado que olvidó en su despacho de la Xunta bolsas con decenas de cartas de recomendación de altos cargos, diputados y senadores, o la todavía directora general del Instituto de la Mujer, Laura Seara, que aún no ha devuelto al Parlamento gallego las dietas que cobró por viajar en coche desde Ourense a Santiago cuando era diputada regional... pese a que no tenía ni carné de conducir.
El espectáculo en el acto del PSOE, al que no pudieron asistir los medios de comunicación, estuvo más que en el escenario en las gradas, donde compartían espacio el doblemente derrotado ex alcalde de la capital de Galicia, Xosé Antonio Sánchez Bugallo, que perdió en las pasadas elecciones primero ante las urnas y después ante la justicia, y el también vencido Abel Caballero, aunque ése sí ganó la alcaldía en los despachos gracias a la interesada colaboración del BNG. Les acompañaban dos ministros, José Blanco, en permanente campaña gallega ya, como oponente a Alberto Núñez Feijóo en los próximos comicios autonómicos; y Francisco Caamaño, el ministro de Justicia que intentó atraer al partido a un alcalde imputado solo unos meses después, tan fuera de lugar como acostumbra en sus contadas comparecencias internas en la Comunidad.
Queda poco para la ficción. Hasta Guillerme Vázquez, el coordinador de sus socios del BNG, salió ayer de la caverna para reclamar que se anticipen lo comicios. Hay que coincidir con el nacionalista en que solo así todos los aspirantes a la presidencia del Gobierno podrán competir en igualdad de condiciones en la campaña electoral que el candidato vicepresidente desarrolla a diario.
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