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Twitteando

Mis amigos son de carne y hueso. O sea, no twitteo

Día 29/05/2011 - 02.41h

Mis amigos son de carne y hueso. O sea, no twitteo. Cuando quiero hablar con ellos, les llamo por teléfono, si me siento sola quedo con alguno para tomar aunque sea un café y cuando ellos me necesitan para algo saben que pueden contar conmigo, en el peor de los casos en pocas horas. Solo por gusto me reúno a menudo con ellos para almorzar o cenar. Y sí, tengo un ifone y sé entrar y salir de Twitter con soltura, así que no se me puede acusar de estar en contra de las redes sociales, que es ahora mismo la manera más fina de llamarle a una antigua, carca y demodé.

Con Twitter me está pasando como antes me ocurrió con Internet. Me parecen herramientas muy útiles para mi trabajo, pero ciertamente agobiantes para mi vida social. Hace tiempo que decidí enviar de forma preventiva a la carpeta de spam todos los mensajes que llegan de mis amigos prejubilados que dedican esas horas al día en las que echan de menos a sus oficinas a enviar emails de chascarrillos ilustrados y agitprop de los partidos, casi todos quejándose de algo. Varias veces he estado tentada de ponerles en contacto para que se entretengan entre ellos, pero por no enfadarles (como voy a conseguir hoy) lo que hago es no contestarles jamás, para ver si de esa forma desisten. Inútil: siguen mensajeando, ajenos a mi indiferencia.

Lo de Twitter es peor, porque como se pueden enviar tweets desde cualquier lugar, la gente se entretiene en coleccionar contactos, entrometerse en las vidas ajenas, contar los detalles más nimios de la intimidad personal y chismorrear sin descanso. El otro día almorcé con un amigo que entre plato y plato fue chequeando los comentarios que recibía de quienes opinaban sobre su corte de pelo a raíz de que colgara en la red su nuevo look. Dos días después estuve en Las Ventas con una amiga que, mientras José María Manzanares se escaqueaba, se puso a discutir con un tipo de Ciudad Real sobre el resultado de las elecciones autonómicas del pasado domingo. Si hubieran sido adolescentes, hubiera comprendido ese deseo de comunicarse con su tribu. Como los dos pasan de los cincuenta, me dejaron preocupada: ambos están convencidos de que tienen varios cientos de amigos gracias a Twitter. Yo no sé como decirles que por ese camino se van a quedar sin un solo amigo de verdad.

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