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La partición de Europa

Quieren hacernos creer que estamos entre los «malditos» y los acomodados, pero estamos más cerca de aquellos que de estos

Día 15/05/2011

SE habla de «deconstrucción» de Europa y hay pruebas de ello —la reaparición de las fronteras interiores, la resistencia a las ayudas mutuas, las crecientes trifulcas domésticas—, pero yo hablaría más bien de «partición». Una partición, a diferencia de la de la guerra fría, más económica que política, más buscada que impuesta. El norte y el centro por un lado, y el sur y la periferia por el otro. Es la consecuencia de haber levantado la Comunidad Europea con más prisas de las necesarias y menos fundamentos de los debidos. Con dos errores garrafales. El primero, adoptar una moneda común sin haber establecido una política económica conjunta, es decir sin tener unos impuestos, una legislación comercial y unas normas laborales comunes, sin los que una moneda se ve sometida a fuerzas contrapuestas que acaban destrozándola. El euro —una moneda fuerte al apoyarse en el marco alemán— hizo creer a los países pobres de la Unión que eran ricos, y se pusieron a actuar como tales. Es decir, a jubilarse antes, comprar una segunda residencia o venir a Nueva York y encontrarlo todo barato. Con el natural resultado que se han empeñado hasta las cejas, países y ciudadanos. El segundo error fue ampliar la CE demasiado rápido. Mientras fueron unos pocos miembros homogéneos política, económica y socialmente, la cosa marchó sobre ruedas. Pero cuando pasaron a ser 12, 15, 27, con diferencias de todo tipo, las grietas empezaron por todas partes. Hoy, los ricos dicen que están hartos de ayudar, y los pobres, que están hartos de los sacrificios que quieren imponerles. El resultado está a la vista: una Comunidad Europea cada vez menos comunitaria, con dos bloques que se miran más como adversarios que como socios.

¿A qué grupo pertenece España? Se nos quiere hacer creer que estamos en medio, habiéndonos separado ya de los «malditos», aunque sin haber alcanzado todavía a los acomodados. Pero basta ojear los informes del FMI y de la Comisión Europea para darse cuenta de que estamos más cerca de aquéllos que de éstos. Con crecimientos que no alcanzan la mitad de la media comunitaria, un paro de más del 20 por ciento y una «generación perdida», creer que estamos fuera de peligro es instalarse en el optimismo suicida de un gobierno que no quiso ver la crisis y sigue sin tomar las medidas drásticas que desde todas partes le piden para salir de ella. Un gobierno que mira más a las próximas elecciones que a los intereses de la deuda, que se apunta a un bombardeo para tapar nuestra verdadera situación y confunde el Estado de Bienestar con la «muerte digna», es como tener el enemigo dentro de casa. Muerte, pero indigna, es la que nos espera de seguir siendo gobernados como si el principal problema del país fuera la oposición. Una treta que esta Europa irritada y malavenida ya no admite.

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