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Miguel Arjona «El barro es sentimiento»

Su última obra descansa en la Catedral de Córdoba. Desde entonces, hace ya tres años, este imaginero, el último de una generación que se apaga, metió la gubia en el cajón para siempre

Día 15/05/2011

POR ARISTÓTELES MORENO

CÓRDOBA

ESCULTOR IMAGINERO

EN Rey Heredia, número 23, hay un inequívoco aroma a fin de viaje. En esta portentosa casa, con patio central y arcada, reina un desorden prodigioso. Nada parece ocupar el lugar que le corresponde. Ni las estatuas polvorientas, ni la desvencijada banqueta, ni las decenas de piezas de madera que dormitan sobre cualquier sitio. La enfermedad ha doblegado la tenacidad de Miguel Arjona Navarro, el último imaginero de su generación, y el que ha sido su taller durante casi medio siglo es ya un organismo a punto de extinguirse. El septuagenario escultor nos recibe en un pequeño salón con ventana al patio. Tiene la voz quebrada, un ojo inhábil y no se sabe cuántos achaques más. Lo que no le impide desplegar un sentido irónico y una sonrisa admirables.

—¿Qué le ha dado el arte?

—Dinero no me ha dado, pero sí satisfacción y alegría.

Miguel Arjona Navarro (Córdoba, 1933) se hizo imaginero casi por casualidad. Llevaba dentro el arte, pero en estado indómito. Sin despuntar. Un día apareció una vecina y le sugirió a su madre que lo llevara al taller de Antonio Castillo, conocido imaginero de la época, para que allí pudiera volcar su natural tendencia al dibujo. Y así fue cómo aquel niño de 14 años emprendió un oficio, de cuyos frutos dan hoy buena cuenta innumerables iglesias de Córdoba y Andalucía. «Me crié en la Cuesta de Luján y como en aquellos años había pocos coches y pocos jaleos, pues nos pasábamos la vida peleando y dando guerra en la calle».

Entonces puso fin a su breve etapa de estudiante y se incorporó al universo de la imaginería, primero como aprendiz y finalmente como reconocido maestro. «El taller tenía dos habitaciones y yo era uno de los tres aprendices. Allí se hacía talla religiosa, pero me hubiera dado igual hacer cualquier escultura. Por entonces, se dedicaban a hacer pasos: el del Rescatado, el de las Angustias. Y yo me entretenía también en tallar con los mayores. Entraba de 9 a 1 y de 2 a 6 y cuando salía me metía en la Escuela de Artes y Oficio. No tenía contrato ni nada y después de un año sin cobrar, el primer sueldo que recibí eran dos pesetas semanales».

—Un trabajo muy exigente.

—Yo lo recuerdo con alegría. En ese tiempo no se notaban las horas. No había opción.

Fue alumno de Ruiz Olmos, Dionisio Ortiz y Fernández Márquez, de quien aprendió la técnica del cuero. «Iba por las tardes a su taller y un día le dijo a mi padre que me quería adoptar, que él no tenía hijos y nosotros éramos nueve hermanos. Pero mi padre dijo que no, que yo no salía de casa». Cuando volvió de la mili, montó su propio negocio. El primer encargo que le hicieron fue la Virgen del Patrocinio, de Ronda, y acto seguido organizó una exposición en la Sala Góngora, hoy desaparecida. Los pedidos se multiplicaron. Y poco después le dieron el primer premio de escultura en el Concurso Nacional celebrado en Montilla. Su obra se encuentra diseminada por decenas de iglesias de Córdoba y Andalucía. Una muestra de su talento se aloja en el Seminario, Santa Teresa, Santa Isabel de Hungría, Chirinos, la Iglesia de las Margaritas, el Parque Figueroa y un buen número de centros religiosos. Hasta en Canadá, Malasia y EEUU hay esculturas talladas por el maestro Arjona.

Entre la escasísima obra civil que ha trabajado se puede citar la estatua de Al Gafequi, ubicada frente a Filosofía y Letras, o un potro de piedra levantado en Alabama (EEUU). «El tiempo que tardábamos en esculpir cada Cristo es incalculable. Sí recuerdo que, por entonces, nos salían uno por año. Y se cobraban a 150.000 pesetas (900 euros)». «Ganábamos menos que un peón de albañil», tercia Joaquín, su cuñado y escultor también, que nos acompaña durante la entrevista.

—¿Qué nombre le hace justicia: imaginero o escultor?

—Me da igual. No tengo predilección por ninguno de los dos.

—¿Lo suyo es más arte o más oficio?

—Es arte. Aunque tiene un escalafón menos que la escultura civil. No sé por qué. Hay esculturas religiosas maravillosas y otras civiles que no valen un duro.

—¿Qué imagen le ha conmovido?

—El Cristo de los Cálices de Sevilla. Es de Martínez Montañés. Para morirse.

—¿Se ha inspirado en artistas como Montañés?

—No me he inspirado en nadie. Pero hay que conocerlos.

—¿En la imaginería hay espacio para la innovación?

—Siempre se puede innovar.

—¿Qué imagen le falta en su obra?

—Un Cristo yacente, quizás.

—¿En la escultura qué hay que poner: más oficio o más corazón?

—En el barro es donde hay que ponerlo todo. Después, la madera es una cosa casi mecánica. Pero el barro no tiene técnica: tiene sentimiento.

—¿Qué adjetivo define la Semana Santa de Córdoba?

—Comparar semanas santas no me gusta. Todas son distintas y hermosas. A mí me gusta mi tradición. Mi Jesús Caído, mi Esparraguero, mi Cristo de la Caridad. Los nenes nuevos tendrán la suya. Pero ya no puedo salir a la calle. Y no es lo mismo por televisión. ¿Qué tiene que ver la calle con la televisión?

Su extensa obra no está catalogada. Hace tres años llamó a su puerta un estudiante de la Universidad que preparaba una tesis doctoral sobre su trayectoria y recopiló la práctica totalidad de sus trabajos. Miguel Arjona es el superviviente de una generación de imagineros que se extingue. Sin embargo, la imaginería cordobesa vive un periodo fecundo, según sostiene. «Ahora hay más que antes. Las cofradías han despertado mucho interés y afición. Hay gente joven buena, pero le falta rodaje». El suyo fue un aprendizaje largo y lleno de contratiempos. Como en aquella ocasión en que un obispo se negó a bendecir un Cristo suyo porque decía que tenía las piernas demasiado abiertas. «Lo vería un poco pornográfico para la época. No sé. Yo me negué a cambiarlo. Ahora está en el Santuario de la Virgen de la Sierra. Bendecido por otro obispo».

—¿Qué se ha perdido en Córdoba para siempre?

—En la calle de la Feria había herreros, carpinteros y milagreros, que tenían un tallercito con un letrero en la puerta que decía: «Se hacen milagros». Y los milagros eran esas cosas que se colgaban de los santos con una piedrecita, una cajita o unas hojitas.

—Una Córdoba que ya no existe.

—Mi hermano Falo se sentaba en las gradillas de la casa y se entretenía en coger la matrícula de coches y camiones que pasaban por la calle. Y para la reforma de esta vivienda, venían los borricos con los serones de arena. De eso no queda nada.

—¿Le entristece?

—Todo ha mejorado mucho. Me da pena y alegría a la vez.

—¿Todo tiempo pasado fue mejor?

—No. Me gusta este tiempo. Se vive mejor.

—Díganos una enfermedad del progreso.

—La cantidad de accidentes de tráfico que hay. Eso no me gusta.

—¿De qué color ve usted el futuro?

—De chico le diría que de color de rosa. Pero para el futuro que me queda... Pues mire: también lo veo del color de rosa.

—¿De qué obra se enorgullece?

—Yo no me he parado a seleccionarlas. Unas por una cosa, otras por otra: a todas les tienes cierto cariño. Debería ser alguien de fuera quien dijera: «Eso es un mamarracho» o «esto está un poquito mejor». Pero yo no soy capaz.

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