NO son 4.910.200 parados. Son ese joven con dos carreras y tres idiomas que pasa las mañanas enviando currículums a la espera de que alguna empresa le facilite si no un trabajo, al menos una entrevista; el obrero de la construcción que ya no hay que coloca carteles en las farolas ofreciéndose para hacer chapuzas en su barrio; la pareja con dos hijos que se instala en lo que fue el dormitorio de soltero de él en casa de sus padres para vivir de la pensión de sus mayores; el autónomo que echa en cierre porque su ayuntamiento no le paga lo que le adeuda y su colega que ha tenido que hacer lo mismo porque el banco no le presta para sobrevivir mientras reclama las letras vencidas; el ejecutivo que se viste de traje y corbata cada mañana y se despide de sus hijos, a los que quiere mantener ajenos a su desgracia, para pasar el día rellenando crucigramas en un banco del parque; la emigrante que descubre que las familias para que limpiaba por días y horas han dejado de necesitar su servicio; el que a los 50 está considerado demasiado mayor para ni siquiera tratar de solicitar un empleo; la pareja que ha pospuesto su boda y que sin embargo se siente afortunada frente a la de sus hermanos mayores, que ahora se encuentran sin poder pagar la hipoteca; la brillante ejecutiva a quien nunca se le pasó por la cabeza que su nombre apareciera incluido entre los del ERE de su empresa; el mecánico que pensó que el cierre de su taller iba a ser temporal; el cabeza de familia que toma la vez ante los contenedores del super para tener acceso a los yogures caducados que los empleados tiran al cierre de la tienda; el emigrante que quiso librarse de su hipoteca devolviendo las llaves de la vivienda al banco, como haría en su país; el ingeniero recién licenciado que aprende alemán para acogerse a la demanda de trabajadores cualificados que nos llega desde el país de Merkel; ese casi mozalbete que abandonó la secundaria creyendo que tenía asegurados miles de euros al mes ayudando a colocar ladrillos….
No son 4.910.000 parados, sino 4.910.000 dramas humanos a los que no se puede despachar prometiendo, como siempre hace este Gobierno, que las cosas irán mejor el semestre que viene o lamentándose, como fingen los sindicatos, de que cada vez hay más razones para la movilización social.