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Columnas / EL BURLADERO

La familia Troitiño

Antoñito anda por ahí viendo cómo se escapa de la repentina toma de conciencia del mismo tribunal que le liberó

Día 29/04/2011

LA fotografía de la familia de los Troitiños resulta conmovedora. Los mismos que deben reunirse por Navidad, a beber chacolí en fiestas, a repartir regalos con el Olentxero, a celebrar el cumpleaños de las sobrinitas, a brindar por la victoria de su equipo o a disfrazarse por carnaval, se juntan para reivindicar el buen nombre de su asesino favorito, del héroe de la tribu, del chavalote que tanto ha luchado por su país, del destripaterrones que tan bien nos ha matado. Qué majo Antoñito, que mató a veintidós personas —españoles miserables al cabo— por el buen nombre de EuskalHerría, que asesinó con tanta precisión y con contundencia tan certera. Pobre Antoñito nuestro que ha penado en cárceles españolas y que, una vez puesto en libertad por un tribunal de jueces embobados, sufre el acoso de las fuerzas reaccionarias españolistas. A Antoñito, un angelito que lo dio todo por su sueño igualitario, socialista e independentista, le han puesto en busca y captura por un aquél de la muy confusa administración de Justicia, y ahora que había recuperado su legítima libertad lo quieren volver a enchironar durante otros siete años más. No hay derecho, dicen los de la foto, los hermanos, los primos, los titos, los sobrinos.

A toda esa chusma miserable, hermanos, primos, titos, sobrinos, les parece razonable que su héroe matara a veintidós personas de la forma más cruel. Y que dejara lisiados y trastocados para siempre a otros tantos, ya que luchaba por un bien superior, por alcanzar el nirvana de la patria libre, el paraíso de la Euzkadi socialista, el territorio en el que la tierra y sus expresiones más seculares se convirtiera en el único valor de cambio posible. Ninguno de los cabrones de esa foto, de los hijos de su madre y de la madre de su madre, ha pensado ni un solo momento en las familias de aquellos a los que Antoñito —y otro hermano encarcelado por la matanza de Hipercor en Barcelona— dejó sin padre o sin hermano, sin hijo o sin sobrino. Los cabrones de la foto creen a pies juntillas y sin disimulo que los muertos matados por Antoñito bien muertos están y creen, asimismo, que todos los que se escaparon a sus garras de Goma Dos merecerían haber corrido la misma suerte de aquellos a los que aún hoy siguen llevando flores a sus tumbas. Y se presentan ante la sociedad sin ningún tipo de rubor a denunciar «un proceso lleno de odio y venganza» contra el tipo al que, en un ejercicio irresponsable y estupefaciente, dejaron libre unos magistrados a los que se les debería caer la cara de vergüenza.

Esa es la fotografía de la infamia. La fotografía intolerable de la España de la perplejidad. Si usted o yo tuviéramos un hermano que hubiera matado a veintidós personas, a buen seguro, nos taparíamos algo más. Ni siquiera sé si celebraríamos su puesta en libertad, pero no se nos ocurriría, en cualquier caso, reivindicar sus fechorías. Y extrañamente convocaríamos a la prensa para acusar al Estado de persecución motivada por el odio. Es lo que nos diferencia con los asesinos etarras y su familia nacionalsocialista. Un pobre preso sin delitos de sangre lleva más de treinta años encarcelado por causa de su deseo de fugarse, y dice la Administración de Justicia que aún le quedan diez años más. A su hermana, que pide su puesta en libertad, no le hacen ni puñetero caso. En cambio a estos capullos les dan, en su propio entorno, altavoz sin límites.

Lo cierto es que el sujeto en cuestión, Antoñito, anda por ahí viendo cómo se escapa de la repentina toma de conciencia del mismo tribunal que irresponsablemente le liberó. El otro, en cambio, anda metido en una huelga de hambre.

Si usted lo entiende, le suplico que me lo explique.

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