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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

La última impostura

Zapatero pretende perfilarse en su retirada como el estadista responsable y clarividente que nunca ha sabido ser

Día 28/04/2011

AFERRADO al poder con fecha de caducidad, Zapatero pretende aprovechar sus meses de interinidad para perfilarse como el estadista que nunca ha sabido ser. Es su (pen)última impostura: va a consumir su retirada a plazos dedicado a hacerse un autorretrato de gobernante responsable. En cada nueva entrevista se dibuja a sí mismo con el trazo complaciente de un político de luces largas, un clarividente estratega madurado en la ingrata soledad del esfuerzo incomprendido y del sentido del deber. El presidente menos capacitado de la democracia utiliza para proyectarse en la posteridad el mismo truco que ha caracterizado su gobernanza: un ejercicio aparencial de simulación retórica, una hueca fachada de solemnidad postiza y de seriedad sobreactuada. Un trampantojo.

Esa vocación testamentaria de sensatez retrospectiva transparenta aún más su mayor carencia estructural, su defecto de fábrica, que es el concepto meramente escenográfico, superficial, de la política. Elevado a la Presidencia por accidente —y qué accidente—, sin preparación ni experiencia, sin biografía ni equipaje, Zapatero fue desde el principio una especie de iluminado míster Chance juvenil que camuflaba su liviandad en una cháchara trufada de quiasmos y tautologías y disfrazaba la ausencia de proyecto con una audaz imaginería ideológica. Dotado de seductora intuición para la puesta en escena, convirtió su gestión en una sucesión de spots de mercadotecnia que funcionaron en el feliz entorno de una prosperidad social acumulada. Eligió ministros incompetentes y tomó decisiones de un aventurerismo irresponsable. En torno a ambiguas abstracciones intelectuales —el talante, el buenismo, la democracia bonita—, frívolas ocurrencias de ingeniería social y zigzagueantes alianzas tácticas, construyó un frágil liderazgo que triunfó mientras duraron las circunstancias económicas favorables. Pero el estallido de la crisis desnudó su indigencia y tumbó su efímera arquitectura de poder: carecía de respuestas solventes y se enredó en descomunales errores de perspectiva, desde el tozudo negacionismo inicial hasta el empeño fallido de resistir el huracán de la recesión con un inestable andamiaje proteccionista.

Por eso resulta deplorable contemplarlo ante la audiencia planetaria de YouTube describiéndose a sí mismo como un gobernante apesadumbrado —¡en octubre de 2008, cuando calificaba de débil turbulencia el estallido financiero!— ante la percepción colectiva del desastre. «Sabíamos que en lo que hiciéramos en esos momentos se iba a jugar la vida de las familias», dijo ayer con su tono más grave de formalidad fingida. En ese vano anhelo de dignificación a posteriorise condensa todo su estilo de superchería política, desenmascarada bajo el empuje de las evidencias: mintió antes, miente ahora o ha mentido siempre. Porque hacer, lo que se dice hacer, no hizo, ni entonces ni después, nada.

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