EL hijo de Gadafi, el «espada del Islam», niño de la London School of Economics, lo anunció en televisión, hará dos meses. Dijo que aún tenían todos los libios oportunidad de evitar lo peor, obedeciendo la llamada al orden. Los que no lo hicieran serían aplastados como las ratas y cucarachas que son, sin clemencia ni piedad. Quien no obedeciera en aquel momento declaraba la guerra al poder y éste iría a la guerra con todos los medios para ganarla. Fue una de las más terribles puestas en escena de la tremenda secuencia de sucesos e imágenes absolutamente inimaginables que hemos visto desde diciembre, cuando estalló esta gran insurrección emancipadora que no sabemos a dónde nos lleva pero que ya ha herido de muerte a casi todas las dictaduras árabes. ¿Recuerdan? Todo comenzó con un joven vendedor de hortalizas tunecino que, harto de los abusos de la autoridad, se prendió fuego en la plaza pública. Una nimiedad en una región donde las víctimas del terror oficial desaparecen o sucumben desde siempre en silencio. Pues desde aquel día ya no. Fue hace sólo cinco meses y da vértigo repasar todo lo acontecido desde entonces. El mapa político está ya patas arriba y nadie puede predecir cómo será dentro de un año o seis meses. Sí sabemos que desde entonces las dictaduras amenazadas tienen dos formas de reaccionar sin que hasta ahora ninguna haya podido garantizarles la supervivencia. Ben Alí se fue con el botín sin ofrecer casi resistencia. Mubarak se resistió algo más pero no quiso o no pudo ordenar a su ejército disparar contra el pueblo. El presidente Saleh en Yemen intentó la represión total pero ya ha asumido su derrocamiento y sólo negocia la impunidad para sus desmanes. Gadafi, sin embargo, no dudó en cruzar la línea roja. Desde muy pronto utilizó al ejército y hasta los aviones de combate para disparar contra su pueblo. Ha logrado prolongar la guerra pero nadie duda de que, tarde o temprano, acabará derrocado. Lo que no sabemos es cuántas vidas se llevará
antes por delante.
Ahora es Siria el escenario del principio de una guerra feroz del régimen personal del dictador Assad contra su pueblo. Hasta ahora habíamos visto la habitual represión brutal de la policía en un intento de reinstaurar el orden. Desde el domingo asistimos a la primera gran batalla de una guerra de Assad contra el pueblo. Lo sucedido ayer en la ciudad de Deraa lo demuestra. Ha llegado el ejército con tanques y con orden de matar. Y el ejército aún obedece. Esta operación criminal de exterminio tiene un precedente. El padre del presidente, Hafez el Assad, aplastó una revuelta sunni en 1982 en la ciudad de Hama. Mató a entre veinte y cuarenta mil civiles en una operación de tierra quemada y escarmiento en la que no hubo clemencia para nadie. Pero eran otros tiempos. Su hijo puede igualar o superar la matanza del padre pero no conseguirá reimplantar el imperio de su ley. Ya tendría que elevar tanto la cota del terror que su ejército se quebraría. Sus soldados son parte del pueblo a exterminar. Nadie sabe cuánto tardarán en volver sus armas. Hay indicios de que ya se da, con noticias de ejecuciones de soldados insumisos. Y las dimisiones en el parlamento revelan fisuras en el régimen más monolítico posible. Hace cinco semanas los sirios aún pedían reformas. Hoy, centenares de muertos después, reclaman la cabeza del presidente. Y todo hace pensar que la tendrán. Muchos en Occidente tienen dudas sobre los rebeldes en estos levantamientos. Yo creo que en una guerra así, debiera estar claro con quien se debe estar.