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Exceso de legalismo

Un exceso de legalismo reduce la Justicia a la letra de la ley, cuando es el espíritu de la ley lo que debe de guiar a los tribunales

Día 24/04/2011

LO que más choca en el caso Troitiño es que algo que ve un lego en jurisprudencia —que existe una incompatibilidad básica entre aplicar la reducción de pena a un condenado a miles de años de cárcel y la doctrina Perrot, aprobada precisamente para evitar tales subterfugios— no lo vieran tres magistrados. Y la extrañeza aumenta ante una Fiscalía y una Policía que no tomaron las medidas oportunas para no tener por lo menos localizado a un terrorista que nunca se había arrepentido de sus crímenes. Se nos dice que todo ello fue legal. Posiblemente. Pero, entonces, ¿se puede ser demasiado legalista? Teóricamente, no, como no se puede ser demasiado bueno o demasiado honesto. En el universo teórico no hay exceso de virtud. Pero en el mundo real en que vivimos, un exceso de legalidad puede resultar tan dañino como un exceso de calor o de comida. Y puede resultar dañino porque por muy amplios, detallados y bien intencionados que sean nuestros códigos Civil y Penal nunca abarcarán todas las situaciones que se dan en la vida. En el mejor de los casos, enumerarán los muy distintos delitos y faltas que puedan cometerse. Pero nunca llegarán a incluir las circunstancias en que se cometieron, que varían según el tiempo, lugar, condiciones y participantes. Lo que convierte tales códigos en referencias en indicadores que van marcando la ruta a los encargados de aplicar la ley para llegar en cada caso a la sentencia más ajustada a Derecho.

¡El Derecho! ¡Nada menos que el Derecho, con mayúscula! La equidad, la norma moral, el velador de comportamientos, el encargado de dar a cada cual lo suyo para lograr la convivencia más justa y armónica posible en una sociedad civilizada. Algo tan sutil y complejo que no podrá nunca reducirse a la simple aplicación de una normativa prefabricada, genérica, desvinculada de la realidad. Si la Justicia, con mayúscula también, se redujera a la aplicación literal de la ley, bastaría introducir el Código Penal y los veredictos de los tribunales Supremo y Constitucional en una gran computadora, que nos daría la sentencia más precisa en cada caso. Pero no quiero imaginarme los disparates que saldrían de tal práctica. En pocas palabras: un exceso de legalismo reduce la justicia a la letra de la ley. Cuando es el espíritu de la ley lo que debe de guiar a los tribunales. De ahí que una Justicia en exceso legalista dé lugar a sentencias contradictorias, como las que acaba de dictar en cuestión de días nuestra Audiencia Nacional sobre Troitiño, al que puso en libertad, para ordenar seguidamente su ingreso en prisión. Es posible que ambos fallos fueran perfectamente legales. Otra cosa es que fueran justos. ¿O es que una persona puede ser culpable e inocente al mismo tiempo? Se habla, por tanto, de error. Para no agravar aún más las cosas, vamos a suponer que, en efecto, fue un error. Pero al menos podrían haberse disculpado.

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