LA opinión pública es casi unánime y la empresarial parece que también. Solo la izquierda puede hacer las reformas que son necesarias en la decadente estructura económica española. Solo un Zapatero converso, empujado por los mercados y sin más horizonte político que su lugar en la Historia, puede inmolarse en el altar de la racionalidad económica. Si lo tuviera que hacer la derecha, el país se adentraría en un periodo de inestabilidad social espeluznante.
Lo siento, pero no es cierto. No lo es históricamente. No fueron precisamente los laboristas, ni los demócratas, ni los socialistas los que corrigieron el rumbo intervencionista en el Reino Unido, Estados Unidos o Suecia y recuperaron la senda de crecimiento sostenido que permitió mantener y desarrollar el Estado de Bienestar. No lo es tampoco en el tiempo político español. Podría haberlo sido en 2008, cuando, recién ganadas las elecciones, el presidente triunfante podía haber enfrentado la crisis con credibilidad y autoridad. Así se lo reclamé en un artículo publicado en estas mismas páginas cuando la inminencia y magnitud de la crisis era un clamor que solo Moncloa ignoraba. Pero el Gran Timonel —por error de cálculo, sectarismo o ignorancia— prefirió jugar la carta de la salida socialdemócrata. Hasta que le tiraron del caballo en Bruselas en mayo del año pasado y le concretaron los deberes de verano. A nuestro presidente del Gobierno le pasa ahora como a muchos responsables de Cajas de Ahorros, que la gente no entiende cómo pueden ser los encargados de sacarnos de la crisis en que nos metieron.
Puedo entender el esfuerzo que se hace desde el socialismo, oficial o simpatizante, para convertir esta tesis falaz en doctrina única. No hay más alternativa que apoyar al Gobierno en su esfuerzo por salvar el país. Lo que me resulta del todo incomprensible es que gran parte del centro-derecha español, incluidos personas y entornos llamados a ser alternativa, compren esta falacia. Que nos hagan el trabajo sucio y así disfrutaremos cómodamente del poder. Y no lo entiendo no solo por razones prácticas, el partido no está jugado y no sería el primer equipo que pierde en tiempo de descuento, sino por razones de fondo. Quien hace las reformas, quien confecciona la agenda, tiene mucho ganado. Concretemos en un ejemplo: la reforma del mercado de trabajo o de la negociación colectiva no son ni serán independientes de quien las haga. En términos de poder, el peso de sindicatos, patronal, desempleados, contribuyentes y simples ciudadanos no será el mismo con un gobierno socialista o popular. En términos más conceptuales, el sesgo intervencionista o liberal, tampoco, y es de esperar que otro gobierno se atreviera a plantear la reforma del Estatuto del Trabajador. La sabiduría popular lo tiene claro; quien hace la ley hace la trampa. No es lo mismo, que dice Alejandro Sanz.
Creía que el PP lo tenía por fin claro, hasta que ha vuelto a caer en la trampa del programa oculto con el copago sanitario. No por mencionarlo —es lo único racional para hacer solvente de manera estable la Sanidad española—, sino por retirarlo vergonzantemente cuando se convierte en tema de debate. Porque si el centro-derecha no tiene programa propio, no tiene coraje político para defender sus propuestas, entonces puede parecer deseable que sigan gobernando estos que han demostrado que unen marxismo —si no le gustan mis principios ahora le traigo otros— con santa impertinencia. Si el fin justifica los medios, el PSOE no tiene rival.