LA extrema derecha hace buenas preguntas aunque sea, en sí misma, una mala respuesta. A veces, sin embargo, es la única voz que expresa sin tapujos lo que la gente del común tiene en la punta de la lengua y se percibe como un atajo alternativo o, cuando menos, como la escapatoria de emergencia. Mientras que el coro de «castrati» de los partidos clásicos canta la palinodia a diestra y a siniestra, hay quien no pierde ripio del clamor de las calles y, si lo pone en solfa, acaba saliendo a escena. Así ha ocurrido en Francia. Lo mismo ocurrió, no ha mucho, en ese limbo seráfico que, en teoría, es Suecia.
La cosa viene de atrás, aunque tampoco de tan lejos. En los años ochenta François Mitterrand, de pronto, se tropezó con una idea y se apresuró a ponerla en práctica antes de que, por falta de costumbre, se le borrase del magín y se le fuera el santo al cielo. La martingala, en breve y por torcido, consistía en lo siguiente: hagamos todo lo posible desde la televisión pública para que el discurso agreste de Jean-Marie Le Pen se fortalezca; los votos que arañe el Front National serán los que pierda la derecha pastueña; y la izquierda —«voilà!»— seguirá en el machito hasta el fin de los tiempos. No obstante, el cuento de la lechera, aunque lo cuente La Fontaine: «La laitière et le pot au lait», no muda de moraleja. El mensaje de Le Pen prendió en las periferias, a costa, sobre todo, de los comunistas irredentos que se quedaron a dos velas y con la cornamenta echando fuego. «Monsieur» Mitterrand quiso imitar a Richelieu e hizo el triste papel de un sacristán de aldea. Los llamamientos demagógicos (o, lo que es peor, paletos) de Jean-Marie Le Pen no resultaban atractivos para el electorado de los barrios burgueses. Si lo eran —y mucho— a oídos de los náufragos que, en las «banlieues» insomnes, descubrían de golpe que los reaccionarios no monopolizaban las emociones fuertes, que ellos también podían reivindicar el miedo. Lo habría visto un ciego. No hacía falta sino despabilar los ojos o dejar aparcadas las anteojeras. Los que se sentían aplastados por el peso excesivo de la inmigración en la vida corriente (en los hospitales, en las escuelas, incluso en las comisarías, con perdón, guárdenme el secreto) no eran los notarios parapetados en Neuilly o en la Avenue Montaigne sino los míticos «proletas» de Yvry o de Aubervilliers, la indomable vanguardia de la clase obrera. Pero cuando la «gauche-caviar» quiso enmendar su error, el PCF criaba malvas —a mansalva— en el campolaico de la dialéctica.
El resultado último de los comicios cantonales que concluyeron anteayer allende el telón de piedra apunta a que el destino de «monsieur» Sarkozy no sólo está ligado a su celeridad pasmosa a la hora de apuntarse a un bombardeo. Sepultar a Gadafi en las arenas del desierto le va a permitir, sin duda, presentarse ante el mundo exhibiendo las galas de un Bonaparte en «talonnettes». Mas en el titirimundi de la política francesa deberá concentrarse en las hazañas cívicas y no fiarlo todo a las fanfarrias bélicas. De lo contrario, quizá termine hundiéndose en el abrupto Tourmalet que esbozan las encuestas o desfilando en retaguardia luego de malgastar un lustro dando pasos al frente. (Nacional, por supuesto: la paradoja, en este caso, formula un epitafio «plus-que-parfait»: pluscuamperfecto).
En 2002, Le Pen envió a los socialistas al averno. Al cabo de diez años, Le Pen, Marine Le Pen, se apresta a rescribir la fábula (“Nicolas et le pot au lait”) en sentido inverso.