¿Recuerdan aquellos primeros días de abril de 2003?
La imparable maquinaria militar norteamericana trotaba hacia Bagdad mientras el ministro de propaganda de Sadam, Mohammed Said al-Sahhaf, comparecía cada día ante los medios de comunicación en el Hotel Palestina para asegurarles que el invasor ni estaba en el horizonte ni se le esperaba. Incluso cuando ya había carros de combate por las calles de aquel barrio de Adhamiyah decía a los periodistas que «podía haber dos o tres, pero se irán enseguida». Por algo recibió de la Prensa el sobrenombre de «Alí, el Cómico», que evocaba la memoria, mucho menos gratificante, de «Alí, el Químico», el ministro que gaseó a miles de turcos tras la guerra anterior con las armas que Sadam SÍ tenía.
Ahora, por si fuera poco lo que hemos visto en Libia, el bufón que funge comandar ese pueblo se ha permitido dar una entrevista a la BBC para negar la evidencia: en Libia no hay revueltas, todo es pacífico y el pueblo ama a Gadafi. El de Gadafi no es un trastorno psiquiátrico tan grave. Lo suyo es una percepción equivocada de la realidad. Él distorisiona lo que ve y le rodea y cree que la mentira que se cuenta a sí mismo es la realidad. Casi todos tenemos a nuestro alrededor alguien que padece parejo mal. El problema es que, con toda probabilidad el daño que pueden causar los que están a nuestro alrededor inmediato es infinítamente inferior al que puede causar Gadafi. Entre otras cosas, porque con toda seguridad ninguno tenemos cerca nuestro a alguien que pide a sus seres más próximos que den la vida por él. Y si no están dispuestos a darla, ya aporta él los medios para finiquitarla.Mientras Gadafi se entera de en qué planeta se encuentra, quizá ayudara a aclararle las ideas que España y otros países reconozcan al gobierno rebelde de Bengasi. Por ejemplo.