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EL ÁNGULO OSCURO

La prosperidad de mañana

Zapatero ha renunciado a aquella graciosa manía de poner fecha a la recuperación económica

JUAN MANUEL DE PRADA

CON «el mañana» ocurre lo mismo que con la tortuga de Aquiles en la célebre aporía de Zenón de Elea, que por mucho que lo persigamos nunca llegamos a darle alcance, aunque nos parezca que lo tenemos a tiro de piedra; y, cuando nos abalanzamos sobre él, para cogerlo del pescuezo, descubrimos que lo que habíamos confundido con «el mañana» promisorio es en realidad «el hoy» que nos mancha las manos con su ceniza funesta, mientras «el mañana» nos saluda socarrón en lontananza, invitándonos a proseguir la carrera sin fin. Así que encomendarse al mañana es como hacerlo ad calendas graecas ; sólo que «el mañana» tiene una aureola de optimismo eufórico que siempre ha molado mucho en ambientes progresistas.

Donde un facha irredento dice «cuando las ranas críen pelo» o bien «cuando San Juan baje el dedo» (en este caso último, el facha irredento se delata también como ultracatólico furibundo), el progresista dice «mañana» y se queda tan pancho. Escarmentado de hacer promesas con plazo fijo, Zapatero acaba de decir que «lo que hoy sembramos es la prosperidad de mañana», refiriéndose a las reformas laborales emprendidas bajo su mandato. En junio del pasado año, cuando se acababan de aprobar las reformas de marras, la propaganda gubernativa afirmaba que en año y medio se habrían creado —¡échale un galgo!— 2.370.000 empleos; cumplido la mitad del plazo, se han destruido 250.000 empleos más, lo que nos obligaría a creer que en los próximos nueve meses se crearán 2.620.000, para lo que hace falta una fe progresista del tamaño de un cachalote. Y como a la fe progresista, que anda un poco renqueante y con las tripas horras, no se le pueden pedir tales esfuerzos cetáceos, Zapatero sustituye las cifras exactas y los plazos fijos por «la prosperidad de mañana», que es un brindis al sol la mar de eufónico y ofrece, además, a sus fieles la oportunidad de imaginarse a Zapatero convertido en una nueva cabra Amaltea, de cuyos cuernos brotarán ríos de leche y miel.

Zapatero ha renunciado a aquella graciosa manía de poner fecha a la recuperación económica, sustituyendo las predicciones conclusivas por la remisión a ese «mañana» escurridizo como la tortuga de Zenón de Elea. Pero, siendo como es Zapatero un excelente humorista cínico, no puede renunciar a hacer escarnio de la pobre gente que todavía lo escucha, vigorizada por esa fe progresista que hace el milagro de convertir el ronroneo de las tripas horras en un rugido de aprobación y entusiasmo. Porque para hablar de «la prosperidad de mañana» a la gente con las tripas horras a la que has dejado sin trabajo y sin esperanza de cobrar pensión hace falta, desde luego, un cuajo cínico que no tenía ni siquiera aquel mezquino clérigo de Maqueda que, después de matar de hambre al infortunado Lázaro de Tormes durante toda la semana, lo mandaba los sábados a comprarle una cabeza de carnero, que se zampaba en un santiamén, para después echarle en una escudilla al famélico Lázaro los huesos roídos y decirle: «Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. ¡Mejor vida tienes que el Papa!».

Esa escudilla con huesos roídos es «la prosperidad de mañana» que nos reserva Zapatero: «Tomad, comed y triunfad, que para vosotros es el mundo». Y, como los papas ya no son lo que eran y mentarlos es, además, cosa de ultracatólicos furibundos, podrá apostillar: «¡Mejor vida tenéis que Botín y la Merkel juntos!». Que no en vano son los que le han indicado el camino de «la prosperidad de mañana».

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