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El rey Abdulá planta cara a la revuelta

EFE

DANIEL IRIARTE

«Ningún árabe o musulmán puede tolerar la injerencia en la seguridad del Egipto árabe y musulmán por aquellos que se han infiltrado en el pueblo en nombre de la libertad de expresión, explotándola para inyectar su odio destructivo». Con estas palabras, el rey Abdulá de Arabia Saudí expresó ayer su apoyo al presidente de Egipto, Hosni Mubarak, ante las protestas que sacuden aquel país. «A la vez que condenamos estos sucesos, el Reino de Arabia Saudí y su pueblo y gobierno declaran que permanecerán con todos sus recursos con el gobierno de Egipto y su pueblo», dijo Abdulá. El pasado 16 de enero, el monarca ya había ofrecido refugio al depuesto dictador de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí, después de que Francia rechazase acogerle.

La solidaridad entre gobernantes árabes nace, previsiblemente, del temor a que las revueltas se extiendan. Por lo pronto, ya ha habido personas que se han inmolado a modo de protesta en Argelia, Mauritania, Egipto y Arabia Saudí, en imitación del tunecino Mohamed Bouazizi, cuyo suicidio disparó la revuelta en aquel país. También se han producido manifestaciones en Yemen y Jordania, y, hecho insólito, en el reino saudí.

El reino de la deuda

Pero que la ola revolucionaria llegue hasta Arabia saudí es difícil: el jueves eran detenidas los escasos manifestantes que se concentraron en la ciudad de Yedda, tradicional foco de la oposición a la monarquía saudí, especialmente la islamista radical. Según la agencia de noticias saudí SPA, habían acordado, mediante mensajes de móvil, organizar una protesta por los «problemas en las infraestructuras» tras los aguaceros torrenciales que provocaron destrozos en viviendas y construcciones. El mensaje detrás de la convocatoria era claro: ¿dónde está el dinero del petróleo?

Pese a que el país acapara casi un cuarto de las reservas mundiales de crudo, el alto coste de mantener a una familia real de más de cinco mil príncipes es superior a la riqueza que genera el petróleo: el país ya acumula una deuda externa de unos 53.000 millones de euros. Como agravante, la mitad de la población del país tiene menos de 22 años y su educación universitaria prácticamente sólo contempla estudios teológicos, lo que los incapacita para competir en el mercado laboral internacional (el desempleo roza el 10 por ciento). Por razones similares, en las vecinas Yemen y Jordania miles de manifestantes también exigen la renuncia de sus respectivos gobiernos. En Siria, está prevista una protesta para el 5 de febrero.

Pero en Arabia Saudí la situación social dista de ser explosiva. La ausencia de una oposición organizada y el estatus especial de la casa real saudí como «guardiana de los santos lugares del islam» (La Meca y Medina), sumado a su alianza con los clérigos wahabíes, hace que el gobierno sea menos vulnerable a la contestación islamista. Aquí, los escasos militantes que se consideran más radicales que el propio gobierno suelen optar por la corriente del «salafismo yihadista» violento. El que sigue el más famoso opositor a la monarquía saudí: Osama Bin Laden. Por ello, el reino del desierto podría ser la tumba de esta «revolución del pueblo árabe».

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