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Fracasados al poder

Aunque no hay excesivo margen para el optimismo, el derrocamiento del tunecino Ben Alí es un rayo de luz

Día 20/01/2011
Como en casi todo en la vida, hay dos formas de verlo. Para los optimista, los dramáticos acontecimientos de Túnez son el punto de inflexión que tantos analistas han estado prediciendo durante décadas: el momento en el que los humillados ciudadanos árabes se atreven a plantar cara a sus corruptos gobernantes y fuerzan el cambio.
También podemos estar siendo testigos de algo bastante más deprimente: el colapso definitivo del llamado «mundo árabe» como algo políticamente viable. A cualquier rincón al que dirijamos la vista, desde Mauritania a Irak pasando por Yemen o Líbano, vemos odio, sangre y conflictos. Entre etnias, tribus, sectas y bandas. Las noticias que llegan de Egipto tienen como protagonistas a fanáticos islámicos que despedazan cristianos a bombazos. Sudán se divide en dos, Al Qaida campa a sus anchas y no emerge una élite capaz de de diseñar estrategias o marcar un camino hacia la salvación. No es casualidad que las dos potencias que juegan de forma divergente el papel principal en ese ámbito —Turquía e Irán— sean precisamente dos estados no árabes.
Aunque no hay excesivo margen para el optimismo, el derrocamiento del tunecino Ben Alí es un rayo de luz. Ha sido la primera vez en una generación en la que las masas de un país árabe, habitualmente dóciles y resignadas, se levantan, poniendo en evidencia la endeblez de las estructuras sobre las que se asientan estos átrapas. Desde que Ben Alí ordenó a las tropas no utilizar balas reales contra los manifestantes, hasta que se encaramó al avión y salió huyendo hacia Arabia Saudí, pasaron apenas 24 horas. Las demandas, agravios, sufrimientos y penas de los tunecinos no son muy diferentes a las que albergan los habitantes de la veintena de países afiliados a la Liga Arabe. La única excepción son los millonarios estados petroleros, pero esos tienen sus propios problemas, que son de órdago. La solución dentro de 10 años.
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