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Rectificación a medio camino

En el ecuador de su primer mandato, el ocupante de la Casa Blanca encabeza su reinvención política hacia el centro para las elecciones de 2012

REUTERS

PEDRO RODRÍGUEZ

Desde fuera, resulta cronológicamente tentador contemplar las presidencias de Estados Unidos de forma monolítica, como capítulos —de cuatro y, si hay suerte, ocho años— dentro de dos siglos largos de experiencia democrática. Pero el problema es que los ocupantes de la Casa Blanca no se pueden permitir el lujo de una narrativa política lineal. Tampoco Barack Obama, que al cumplir esta semana dos años de su llegada al poder se encuentra sumido en su propia reinvención de cara al resto de su mandato. Otros dos años que se presentan marcados por un anunciado giro político hacia el centro, el gran reto de entenderse con la oposición conservadora y las presiones de su propio esfuerzo de reelección ante la cita de 2012.

El primer esbozo formal de cómo va a ser la segunda parte de Obama tendrá lugar el próximo 25 de enero, con su anticipado discurso sobre el estado de la Unión ante una sesión conjunta del Congreso donde el Partido Demócrata ya no controla todos los resortes del poder legislativo. Como anticipo, el presidente ha ofrecido múltiples indicios durante los dos últimos meses de que su etapa más ideológica, intervencionista y ambiciosa ha terminado. Tal y como quedó demostrado durante el final navideño de la pasada legislatura que resultó especialmente productivo en parte por la disposición más pragmática y de consenso adoptada por la Casa Blanca, llegando a renunciar a la promesa electoral de subir impuestos a las rentas más altas.

Ese nuevo tono —exhibido en parte durante la apreciada intervención del presidente en el funeral por las víctimas del traumático tiroteo en Arizona— también ha quedado de manifiesto en la reconstrucción del equipo de gobierno de la Casa Blanca. Cambios encabezados por el nombramiento de William M. Daley, hasta ahora ejecutivo de J.P. Morgan Chase, para ocupar el puesto clave de jefe de gabinete de la Casa Blanca. Además del fichaje de unos cuantos veteranos de era Clinton con experiencia en una situación de poder compartido.

Buscando aliados

Toda esta renovación en el ala oeste de la Casa Blanca se está viendo acompañada con visibles esfuerzos por parte de la Administración Obama para forjar una mejor sintonía con el mundo empresarial de EE.UU. Sector con el que el presidente no ha logrado entenderse durante los dos últimos años, con diferencias que abarcan desde la reforma sanitaria hasta las nuevas regulaciones financieras pasando por una multimillonaria apuesta por el intervencionismo público con limitados resultados.

Para empezar a superar esa hostilidad, el presidente ya se reunió durante casi cinco horas en diciembre con los líderes de veinte grandes compañías americanas, con insistencia en que el sector privado utilice los dos billones de dólares que tiene acumulados en reservas para acelerar la titubeante recuperación de la mayor economía del mundo. El mes que viene, Obama también tiene previsto presentarse ante la Cámara de Comercio, grupo empresarial que ha invertido millones de dólares contra el Partido Demócrata.

Todo hace indicar que las prioridades para esta legislatura no pasarán por cuestiones como inmigración o cambio climático, donde resulta claramente imposible encontrar un mínimo consenso con los republicanos. Por eso, la Casa Blanca está avanzando, por ejemplo, la opción de una reforma educativa, con mayor flexibilidad para la comunidad escolar y nuevas prioridades de gasto público.

El otro inevitable pulso en esta legislatura es el del ajuste en el gasto público. La nueva mayoría republicana en la Cámara Baja aspira a reducir el presupuesto federal a los niveles de gasto registrados en el 2008, antes de la crisis financiera. Un objetivo especialmente complicado de alcanzar si los conservadores mantienen su empeño en no tocar las partidas dedicadas a defensa y seguridad, ni tampoco los más básicos gastos sociales.

En total, los recortes todavía no concretados por los republicanos supondrían unos 100.000 dólares de gasto doméstico discrecional previsto para este año. Lo que implicaría un retroceso de casi el 20 por ciento en la parte no comprometida de antemano dentro del presupuesto federal de tres billones de dólares. Lo cual supone que las impopulares tijeras deberían llegar a partidas como las dedicadas a educación, infraestructuras, ciencia y tecnología o transporte público.

Para el punto culminante de este debate presupuestario no habrá que esperar mucho. En las próximas semanas, la Administración Obama necesita que el Congreso apruebe un nuevo límite para la deuda nacional americana, más allá del techo actual fijado en 14,3 billones de dólares tras una decena de aumentos consecutivos en la última década. El secretario del Tesoro, Timothy Geithner, ya ha advertido que a partir del 31 de marzo, EE.UU. puede perder su habilidad para pedir prestado. Ocasión que los conservadores quieren aprovechar para forzar medidas de disciplina fiscal que hasta ahora no han formado parte del léxico gubernamental de la Administración Obama.

A toda esta caravana de problemas y oportunidades también hay que sumar las elecciones presidenciales de 2012 y las presiones de un sistema que requiere la inversión de dos años y una fortuna en una candidatura viable. Durante las próximas semanas se espera que Obama lance formalmente su campaña de reelección, empezando a recaudar donaciones a partir de la primavera.

Para ser recompensado con un segundo mandato, Obama tendría que cumplir con una serie de requisitos básicos como una reducción apreciable de la dolorosa tasa de paro, reconquistar a votantes independientes y mantener el respaldo a su gestión por encima del 50 por ciento. Por ahora, el presidente sólo cuenta con una paradoja a su favor. Las encuestas coinciden en que una mayoría del electorado americano sigue apreciándole personalmente, aunque no sienta el mismo afecto hacia sus políticas.

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