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¡Ojo al pez!

Rubén Abella propone microrrelatos de distinto pelaje, compartiendo personajes y cuajando una literatura de una más que apreciable carga de estimulantes para los lectores adictivos

f. heras

FERNANDO CONDE

Papá, ese pez te mira; ¿no te da pena comértelo? Al menos podrías intentar cerrarle los ojos…».

Pero los ojos de los peces no se cierran nunca. Permanecen abiertos, siempre, como alerta, pendientes de no perderse nada alrededor. Esos ojos redondos y dislocados, sin párpados ni pestañas, conforman la última apuesta de Rubén Abella. Como un oculista de peces, Abella ha tratado de cerrar y encerrar esos ojos en un libro –vano aunque hermoso intento-. En su último, titulado así, Los ojos de lo peces, propone una colección de microrrelatos de alto voltaje, nanoliteratura de última generación, textos minicortos trufados de personajes que saltan de un texto a otro embadurnándose de tinturas cómicas, trágicas, humanas, divinas. Historias que componen un totum sofisticado y creíble. Ojear estos ojos de pez es meter los dedos en el enchufe de la buena literatura. Con cada uno de estos microrrelatos el lector recibe una descarga eléctrica estimulante. Cuesta parar porque ese cosquilleo adictivo dura y perdura mucho más allá del texto, bien cerrada ya su última página.

Tras su conocida No habría sido igual sin la lluvia, vuelve Abella al género que quizá mejor domine para ofrecer un sugerente racimo de uvas sabrosas que el lector querrá aplastar contra el paladar, una a una. Hay en este libro, editado por Menoscuarto, altura, profundidad, distancia y cercanía. Todo en pequeñas dosis pero al mismo tiempo todo en una dosis uniforme y compacta. El impresionismo narrativo que requiere cualquier relato, y mucho más cuando se condensa y sintetiza en esa mínima expresión llamada microrrelato, alcanza cotas de altura en estos ojos de pez que el autor va diseminando por las esquinas del libro. Personajes que mezclan sus vidas, escenarios recurrentes (como ese viaducto por el que transitan suicidas y héroes de acera en acera) y situaciones normales contadas con una normalidad excelente configuran una vianda que viene a afianzar, aún más, la figura de un narrador con perspectiva. Uno de los nuestros que, a este paso, va a acabar por ser profeta hasta en su tierra. Cosas veredes…

En Los ojos de los peces no encontrará el lector a un Abella nuevo, sino sólo, sencillamente sólo, más Abella. Nanoliteratura de autor joven devenido en joven maestro. Nanoliteratura para tener los ojos bien abiertos; así, como los peces.

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