PARECE MENTIRA
RIVERA, EL DISIDENTE
¿SIRVEN para algo las campañas electorales? La gente suele decir que no y, sin embargo, los medios las siguen y los detalles más imprevistos marcan el signo de la misma. Frases como «es la economía, estúpido», que Clinton lanzó a Bush (el padre) en un debate electoral, son lances que en un instante marcan el resultado de unas elecciones. La campaña a las autonómicas catalanas del 28 de noviembre no está suponiendo ninguna gran revelación ni es demasiado emocionante. No contamos con líderes a los que Leire Pajín calificaría de «planetarios» como Cameron, Obama o Sarkozy y el resultado parece bastante previsible. Quizás por ello —pero no sólo por ello— tendremos que hacer frente a una baja participación. Hay otras razones para una elevada abstención. La mal llamada clase política catalana está afectada por un virus de falta de valentía, pero como al principio de los libros de Asterix, podríamos preguntarnos «¿toda la Galia se ha rendido a los romanos?» —el amable lector puede cambiar la palabra romano por nacionalista catalán—. Toda no, una aldea resiste ahora y siempre al invasor: esa aldea en la Catalunya política de hoy es Ciutadans y su líder Albert Rivera. El domingo por la noche se celebró el debate electoral entre los seis principales candidatos en TV3. A Artur Mas no le fue mal; como el tenista con fondo físico y con dos sets de ventaja aguantó devolviendo pelotas sin arriesgar desde el fondo de la pista. ¿Qué más pasó en el debate? Lo más relevante es que tuvo que pasar más de una hora para que el tema de la corrupción —que ha golpeado a la clase política catalana más que en ningún otro lugar de España— se pusiera sobre la mesa, y lo hizo Albert Rivera. Sin su denuncia de los casos Pretoria, Palau o 3%, de forma asombrosa la corrupción no hubiera sido asunto de debate.
¿Qué más pasó? Hubo de transcurrir también un buen tramo del debate para que la lengua española hiciera acto de aparición en el plató, otra vez de la mano de Rivera. El líder de C's no fue valiente, simplemente se comportó con normalidad, como la mayoría de la sociedad catalana, que habla indistintamente las dos lenguas.
El nacionalismo en la Catalunya oficial es hegemónico, controla los medios, los partidos, gran parte de las instituciones y los recursos económicos. No ser nacionalista es un mal negocio. El nacionalismo tiene su propio parque temático social: el nacionalismo de derechas, con Duran a la cabeza; el de izquierdas, con Herrera y Montilla; el de «trabucaires», con Puigcercós; y el disidente consentido como ocurría al otro lado del telón de acero, que es el PP.
Alguien dirá que es porque no tiene nada que perder, pero el debate de ayer puso de manifiesto que la única disidencia auténtica, la única que no pide permiso ni perdón por discrepar y la única que se enfrenta al «status quo» es la que representa Albert Rivera. Ni que sea para que muchos descubramos eso, esta campaña sí ha servido para algo.
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