ATLETISMO
Las lágrimas del «emperador»
Gebrselassie lloró al cazar el oro en los 10.000 metros de Sidney 2000. No le dejan retirarse. Estará en Londres 2012

Primeras luces del crepúsculo en el estadio Olímpico Luzhnikí de Moscú. Es el 31 de julio de 1980 y el etíope Miruts Yifter acaba de obtener la medalla de oro en 5.000 metros. Mientras, en la aldea africana de Asella —alejada a más de 5.000 kilómetros de la gloria moscovita—, un joven de solo siete años se afana por seguir en la radio las evoluciones de su compatriota.
Su progenitor, quien ya ha educado a sus nueve hermanos en el arte del pastoreo de cabras, considera el atletismo «una pérdida de tiempo», por lo que ha vetado el seguimiento de este deporte. Así que escondido, descalzo, y con los oídos puestos en las loas radiofónicas a Yifner, el joven decide que la disidencia deportiva hacia su progenitor será su nueva forma de vida.
Comenzaba así la leyenda del fondista Haile Gebrselassie, quien —pese a haber anunciado su retirada del atletismo profesional el pasado día 7— podría volver a competir en Londres 2012. Un héroe nacional, que se proclamó dos veces campeón olímpico de los 10.000 metros lisos (en Atlanta 1996 y en Sidney 2000) y ganó cuatro campeonatos del mundo en esa distancia.
Como señala el maratoniano Samuel Wanjiru, «Gebrselassie es un modelo para toda África. Un símbolo para una generación entera, desde Kenia a Eritrea, que le admira por no haber dado nunca síntomas de flaqueza».
Sin embargo, en la Etiopía de los 80, los sueños eran bien diferentes. Siete años después de la prohibición de su padre y con los últimos coletazos de la hambruna que había asolado el país dos años antes, Gebrselassie lograba su primer «éxito», al vencer en una carrera escolar. Una victoria que despertó la admiración de Tesfaye —entrenador del equipo provincial de Arsi—, quien se convertiría en el primer referente en la carrera de Gebrselassie.
Como recuerda el técnico, ya en ese momento se apreciaban las virtudes del pequeño etíope, un niño «agresivo» al que no le gustaba caminar, «sólo correr». Cada día debía recorrer los más de 10
kilómetros que le separaban de la escuela. Bajo el amparo de Tesfaye y con la ayuda de una estricta dieta, el atleta viajaba tres años más tarde con la selección junior de Etiopía a los Mundiales de Seúl. Su medalla de oro en los 10.000 y 5.000 metros lisos fueron suficiente razón para que su padre le levantara el castigo. Pero, al margen de Tesfaye, si hay un referente en la carrera del «emperador» ese es el entrenador de la Federación etíope, Woldemeskel Kostre, quien con métodos de trabajo cuasi militares ha dado origen a la generación más exitosa del atletismo mundial.
A Tergat, por 0,09 segundos
Desde Gebrselassie al cuatro veces medallista olímpico Bekele, pasando por Tulu o Roba, todo mito etíope se ha sometido a los designios de Kostre. A él pertenecen las lágrimas que Gebrselassie derramó al vencer a Tergat por 0,09 segundos en Sidney (la menor distancia en la historia), o las sonrisas por su victoria, en 1999, en el Mundial de Sevilla. Aunque los sollozos derramados por «el emperador» durante el anuncio de su retirada en la maratón de Nueva York, lo cierto, es que tienen otro destinatario. Considerado un símbolo de Etiopía, Gebrselassie cuenta con la presión de ser paladín en una tierra, que desde la muerte de «otro emperador», Haile Selassie, vive ausente de héroes.
Por ello, y tal y como ocurriera con otros deportistas como el liberiano Weah o el filipino Pacquiao, su destino parece estar vinculado a la política. Porque como le gusta recordar al propio Gebrselassie, «ganar carreras no basta para ser un modelo para el pueblo».
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