TARJETA DE EMBARQUE
CHOQUEHUANCA Y EL SAHARA
A 4.000 metros de altura, en el altiplano boliviano, el Sahara suena un poco lejos, pero David Choquehuanca, el ministro de Exteriores de Evo Morales, pudo comprobar que gracias a la telefonía móvil, los contenciosos viajan con gran rapidez. Mientras conducía personalmente el coche en el que llevaba a su lado a Trinidad Jiménez, desde el pueblo aymara de Ayo Ayo al Lago Titicaca, Choquehuanca fue testigo de cómo su colega española no paraba de hacer y recibir llamadas relacionadas con el desmantelamiento del campamento de las afueras de El Aaiun. «¿Pero qué pasa en el Sahara?», acabó por preguntar.
La ministra se ha pasado buena parte de su tiempo, estos días en Bolivia y Ecuador, hablando de un conflicto que se desarrollaba a casi 9.000 kilómetros de distancia. Es lo que tiene ser responsable de Asuntos Exteriores: que los estallidos de las crisis te pueden pillar en cualquier parte. Así ha sido siempre y, afortunadamente, la tecnología actual no hace necesaria la presencia física o la cercanía al lugar de los hechos para poder ocuparse de ellos.
Lo que sí se le debe exigir al Gobierno es que actúe de manera adecuada a la gravedad de los acontecimientos. Mala es la precipitación, si no se tienen todos los datos para emitir un juicio, pero mucho peor resultaría escudarse en la necesidad de ser prudentes para, así, eludir el deber de mostrarse exigentes con quienes, una vez tras otra, hacen gala de su escaso aprecio por los derechos humanos.
Las llamadas de Jiménez a la cautela sonarán a excusas para no molestar al vecino si, en el caso de determinarse las responsabilidades de Marruecos en las muertes de Gdeim Izik, no se actúa con firmeza ante las autoridades de un país al que se ha ofrecido —con el inestimable apoyo de España— un estatus privilegiado en su relación con la Unión Europea.
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