DESDE EL ALCANÁ
Los relojes de Toledo
Con este mismo título el día cuatro de febrero de 1991 aparecía una columna en el diario ABC de nuestra provincia, firmada por el inolvidable Luís Moreno Nieto. Comenzaba hablándonos de Camilo José Cela y su filosofía en torno la medida del tiempo, ese concepto vano, escurridizo, intangible y tenaz a la vez, que nos hace a todos —y en estos momentos de agitación y prisas casi patológicos, mucho más— sentirnos sorprendentemente desamparados cada vez que, al consultar nuestro reloj lo hallamos muerto, detenido o, lo que es mucho peor, desoladoramente ausentado.
Filosofaba don Camilo diciendo, por ejemplo, que «el minuto del enamorado es idéntico al del desesperado; que el minuto del sujeto feliz, no es más grande ni más pequeño que el del condenado a muerte». Lo que olvidaba el ilustre autor de «La familia de Pascual Duarte» es que hay un minuto terriblemente alargado en el espacio–tiempo de cualquier ciudadano de a pie, urbano, de nuestra época: cuando pierde el autobús.
Recordaba don Luis en su crónica que Toledo contaba por aquellas calendas de hace dos décadas, todavía, con cinco famosos relojes públicos: el de Zocodover, el de la Estación de ferrocarril, el del Hospital de Afuera (emblemático edificio actualmente denominado de Tavera), el del Colegio de Doncellas y el de la catedral; todos ellos muy nuestros y muy queridos «aunque sufren de una enfermedad particularmente grave que amenaza a su propia existencia: el abandono».
Nos recuerda el toledanista insigne los avatares de los viejos, alguno ya renqueante, y entrañables relojes toledanos, de cuya desgracia no se libra el de Zocodover, y eso que tiene la suerte de ser cuidado delicadamente por «Bienve», no importa sea por «cuatro perras». Pues sigue igual la historia, querido cronista, ahí está «Bienve» al pie del reloj y por el mismo precio, no obstante sacándolo a buen puerto en sus graves zozobras, como la de hace pocos meses, que ha estado a punto de destruirlo. Y todo por lo mismo: el abandono.
Nos habla también del buen funcionamiento del de la catedral alegrándonos el alma con sus preciosas campanadas, así como el de la Plaza milenaria por antonomasia merced, como decíamos, a la vigilancia amorosa de Bienvenido Sánchez. E ignoramos el estado en que se encuentra el resto.
Lo que nos preocupa ahora, admirado maestro —y usted lo sabría decir con más fuerza y más gracia que un servidor—, es que la Estación de Autobuses, recientemente remodelada y aseada, se halla huérfana de relojería ¿Hasta cuándo? No olvidemos nunca, «nobles, discretos varones (y damas)/ que gobernáis a Toledo», que un reloj digno y vistoso, al margen de su evidente utilidad, es el mejor emblema para una buena estación, para una gran ciudad.
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