la lupa
El fracaso de los piquetes
Decenas de miles de personas se vieron ayer obligadas a abandonar su puesto de trabajo ante la actitud violenta de los los piqueteros, empeñados en conseguir por la fuerza lo que fueron incapaces de lograr por la vía argumental.
Una de las consecuencias más atroces de la muy deficiente regulación legal del derecho de huelga en España es la intolerable impunidad de los piquetes coercitivos organizados por los sindicatos para conculcar el derecho de muchos trabajadores a ignorar sus consignas ideologizadas. Decenas de miles de autónomos, empleados por cuenta propia o ajena y pequeños comerciantes, se vieron ayer obligados a cerrar sus negocios, a abandonar su puesto de trabajo ante la actitud violenta de los piqueteros, empeñados en conseguir por la fuerza lo que fueron incapaces de lograr por la vía argumental.
Poco proclives al diálogo, los muy numerosos integrantes de la casta de los liberados sindicales —una figura tan impecable en teoría por ser garante de un derecho laboral como conturbada por una práctica de amparo del más descarado incumplimiento de las obligaciones laborales— trabajaron ayer con el denuedo que les falta el resto del año para aumentar la incidencia de un paro fracasado desde su origen.
En vano. Ni los cócteles molotov, ni las barricadas en la puerta de las empresas, ni los incendios provocados en las principales vías de comunicación, ni las agresiones, ni insultos y vejaciones a empresarios y empleados que quisieron ejercer su derecho al trabajo lograron paralizar Galicia, objetivo confeso de unas centrales sindicales que intentaron hacer una huelga contra las comunidades gobernadas por el PP como último servicio al Gobierno socialista cuya política rechazan.
No consiguieron parar la televisión autonómica, ante el generalizado desinterés de unos trabajadores que hace tiempo dieron la espalda a sus desnortados representantes sindicales, ni el transporte público que funcionó en general con ejemplar puntualidad. Tampoco pararon la más emblemática de las cadenas comerciales, pese al indiscriminado uso de la violencia, ni una administración autonómica que funcionó con plena normalidad.
Como era previsible, el paro sí tuvo un seguimiento masivo en institutos y universidades, como ya se apuntaba en a tarde del martes con decenas de jóvenes utilizando con entusiasmo la víspera de festivo en que convirtieron la jornada reivindicativa, seguida de forma masiva por los terriblemente explotados profesores universitarios, aún no repuestos de sus vacaciones veraniegas. La ausencia del pleno de los diputados nacionalistas tuvo el efecto de evidenciar la escasa incidencia de su presencia en la eficacia parlamentaria.
Pero la generalizada impotencia sindical no justifica los desmanes contra los trabajadores cometidos en nombre de los derechos de los trabajadores. Por más que el Gobierno intentara ayer poner sordina a los enfrentamientos, con insólito cinismo, al limitar los incidentes a hechos puntuales, lo cierto es que fueron decenas en cada ciudad, tantos como los comercios que se vieron obligados a cerrar sus puertas ante la proximidad de los piquetes para reabrirlas nada más pasar los informantes, en un juego que no tuvo mayores consecuencias por la prudencia de los coaccionados.
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