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ABC Cultural

«A Rothko le aterraría que alguien se atreva a interpretar sus obras»

Ricardo Menéndez Salmón mezcla ensayo y novela en «La luz es más antigua que el amor»

«A Rothko le aterraría que alguien se atreva a interpretar sus obras» SIGEFREDO CAMARERO

SERGIO DANIEL BOTE

«El primer impulso, al iniciar este libro, fue de escribir un ensayo sobre la obra de Rothko. El ensayo se fue contaminando de ficción hasta el punto de que la propia personalidad de Rothko acabó convirtiéndose en algo que es fruto de la imaginación».

Así comenzó un libro que -sin ser novela ni ensayo, sino todo lo contrario-, bajo el sugerente título de «La luz es más antigua que el amor» , acaba de publicar Ricardo Menéndez Salmón . El aclamado autor de «La triología del mal», que ha recibido más de cuarenta premios, se incorpora a la «rentrée» literaria con este libro que huye de las etiquetas de género y se adentra en la vida de tres pintores (los ficticios Adriano de Robertis y Vsévolod Semiasin, y el real Mark Rothko) con una historia de compleja arquitectura que mezcla tiempos.

Durante la lectura, asistimos a la creación del propio libro a través de Bocanegra, una proyección del propio Menéndez Salmón. «Es un libro solidario con mis obras anteriores -explica el autor asturiano-, literatura de ideas, disgresiva, filosófica... La ficción pura ha dejado de interesarme como escritor y como lector. Me gusta la literatura que navega entre distintas aguas y que es mestiza».

La elección de los momentos de la obra (el «Quattrocento», que es la infancia de la pintura, y el siglo XX, momento del cúlmen) no es casual. «Hasta el siglo XIX los pintores siempre habían contado historias a través de imágenes, hasta la irrupción de la abstracción en el siglo XX», asegura el escritor. La reflexión que realiza en la no-novela parte de «la paradoja de reflexionar, en el siglo XXI, sobre un arte del que las voces autorizadas dicen que ya ha llegado a su fin».

Emoción estética

«La luz es más antigua que el amor» comienza con un aroma a novela histórica para sumergerse, pronto, en una reflexión sobre grandes cuestiones de la Historia del Arte, como la trascendencia o la perdurabilidad de las obras, y sobre los miedos y los demonios a los que se enfrenta el artista. «A Rothko simplemente le aterraría el hecho de que alguien se atreviera a interpretar lo que quieren decir sus cuadros», comenta Menéndez Salmón. «Él siempre defendió la intraducibilidad de su pintura, cuyo único fin era la emoción estética pero no la interpretación lingüística o racional», añade.

No podemos dejar de lado a Bocanegra, ese escritor asturiano, tremendamente similar al propio Menéndez, y que escribe el libro que estamos leyendo. «En él he volcado anhelos y satisfacciones que no tienen necesariamente que ver conmigo, al contrario que sucedía con Vladimir» (narrador de «El corrector», perteneciente a su trilogía sobre el mal). Con respecto a los rasgos autobiográficos, el escritor asegura que «toda autobiografía es ficción. Obviamente hay rasgos míos y una apelación consciente a mis circunstancias personales, pero Bocanegra es un ente de ficción».

Breve pero densa

La originalidad de esta obra, breve (170 páginas) pero densa, se dice deudora de los libros anteriores del autor -«como autor, tengo dos o tres obsesiones que aparecen recurrentemente en mis obras y que permiten un diálogo interno entre ellas»-, pero también de referentes del pasado. «Creemos que los autores contemporáneos estamos haciendo cosas muy novedosas, pero cuando uno rastrea en la historia de la literatura en Occidente, en los últimos dos o tres siglos, uno se da cuenta de que muchas de estas cosas ya aparecen en “Tristram Shandy” (publicada en 1767)».

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