DAVID WILDER - Líder de los colonos judíos de Hebrón
El guardián de la tierra de Dios
Wilder tiene la tarea de preservar la herencia recibida hace 4.000 años por Abraham
David Wilder es el líder y portavoz de los colonos judíos de Hebrón. Lo de «colonos» en este contexto es un decir, porque tal palabra no existe en el vocabulario de este hombre, como tampoco «palestinos», «Gaza» o «Cisjordania». En su lugar, utiliza los términos reescritos por el Sionismo religioso de «árabes», «Gush Katif» y «Judea y Samaria».
De hecho, para él, eso de la «ocupación» judía es una gran mentira. El Dios de la Biblia entregó a ese pueblo la posesión legítima de la tierra de Eretz Israel, y con eso no se negocia. Por tanto, los 550.000 judíos que habitan en el suelo que se extiende al este de la Línea Verde están donde les pertenece, y «ninguna ley, —dice con una sonrisa—, prohíbe a los judíos vivir en tierra judía». De ahí que su presencia allí responda a otro nombre: es «un retorno». Y Wilder es el guardián de una voluntad divina.
Para él, eso de la «ocupación» judía es una gran mentira
Tiene una tarea, preservar la santidad de la herencia recibida hace 4.000 años por Abraham, que precisamente está enterrado en Hebrón. Solo así se explica que este profesor de Historia decidiera abandonar su New Jersey natal para acabar con su esposa y sus siete hijos en el corazón de esa ciudad. En una jaula irrespirable, donde otras 120 familias como la suya viven rodeadas de barreras y alambres de espino, con celosías en las ventanas y medio millar de soldados custodiándoles día y noche. Wilder lleva permanentemente una pistola en el cinturón, al lado de los tzitziot, los flecos blancos que recuerdan los 613 preceptos de la Torá.
Para la Comunidad Internacional, ese núcleo llamado «Avraham Avinu» es un asentamiento ilegal. Y los que están fuera son los 170.000 palestinos de Hebrón que, —según el Centro de Información Israelí para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados B'Tselem—, sufren «una segregación legal y física» por parte de sus vecinos judíos, a los que el diario «Haaretz» de Tel Aviv llamó «hooligans» y «los elementos más extremistas entre los colonos». La rutina de «extrema violencia», ha obligado a miles de palestinos a marcharse.
Negociar, «un suicidio»
Pero en esa ficción verbal —u operación ideológica y política—, en la que todo sitio entre el Mediterráneo y el Jordán (o entre el Nilo y el Éufrates) es patrimonio de los judíos, David Wilder sostiene que las verdaderas víctimas son él y los suyos. «Auschwitz nunca terminó», ha llegado a afirmar, «estamos todavía aquí, detrás de alambradas de espino, siendo llevados como ovejas a las cámaras de gas». El último ejemplo de esa persecución, explica a ABC en su oficina, es el asesinato muy cerca de allí de cuatro judíos en vísperas de la reanudación del proceso de paz, que fue reclamado por Hamás.
Atrincherado en su verdad, Wilder se agita incrédulo cuando dice que «ni un marciano» entendería que el Gobierno israelí esté otra vez «negociando con los árabes». Si Benjamin Netanyahu impone nuevos límites a que los judíos construyan o se expandan, será —anuncia— «una declaración de guerra» y no obedecerán, porque constituiría un «suicidio».
Los «árabes», que para él son iguales que Al Qaida o los talibanes, acechan dispuestos a convertir cada centímetro en una base terrorista. «La prueba es Gush Katif —advierte en referencia a Gaza—, se lo dieron, y lo único que hemos conseguido a cambio son judíos muertos».
La voluntad de Dios no está en venta. «Tenemos que sobrevivir y vamos a hacerlo», se promete el profesor. Y la paz, decide, ya llegará cuando «dejen de robarnos nuestra tierra».
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