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Columnas / HAY MOTIVO

El hundimiento

En Cataluña la ley de todo vale ha metido a barato la legislación vigente y ya no es sólo una norma, sino un santo y seña

Día 11/09/2010
MIENTRAS el señor Mas va de plató en plató luciendo los galones de presidente «in pectore», en las zahúrdas de la Generalitat la atmósfera que se respira es tan espesa que hasta hay quien guarda una licuadora en el cajón para atizarse lingotazos de aire fresco. Es, pese a que el símil duela, como si se acabase el mundo; como si se escuchase, en vez de la tenora, la tercera trompeta. Como si, de repente, Montilla y sus adeptos se hubiesen abismado en el búnker de Hitler a la espera de que se consume El Hundimiento. Total, que el ambiente está «fotudo», pero que muy «fotudo»; y más que lo estará; y lo que te «foteré», morena. Derrota por derrota, la que se conmemora hoy, este Once de Septiembre, se va a quedar en nada frente a la del 28-N.
No es raro, pues, que, dando la guerra por perdida, cada cual haga la guerra por su cuenta. Que unos pongan los pies en polvorosa para apostarse a la carrera en pingües comederos y que otros esquilmen la pólvora del rey cañoneando a bulto y disparatando a ciegas. O sea, que todo vale cuando el final se acerca y son habas contadas lo que hay en la despensa. Pero, si bien se mira, la situación no es nueva, ni el argumento inédito. En Cataluña la ley de todo vale ha metido a barato la legislación vigente y, luego de treinta años de usura y gatuperios, ya no es sólo una norma, sino también un santo y seña. El precio, naturalmente, es lo de menos. ¡Cueste lo que cueste! Siempre habrá algún pagano que peche con la cuenta.
Ahora, sin embargo, la historia interminable se diluye ante el morbo de la misérrima historieta. En el búnker procuran disimular los nervios, atenuar la crispación, sonreír, qué remedio, si una cámara acecha. Hasta que alguien explota y, en el peor momento, decide montar la parda y dar suelta a la bestia. De ahí que la «bestiesa» del «conseller» Tresseras, parezca, al fin y al cabo, un desahogo en lugar de un dislate analfabeto. ¿Qué le quedan al hombre? ¿Cuatro días? Entonces, incluso es comprensible que no se vaya con las ganas del convento. La letra con sangre entra; la «lletra», desde anteayer, con hemorragia interna. Y el que venga detrás, que arree: por burros que no quede.
Condenar a Marsé —y a cuantos, como él, no quieren rendir la pluma ni morderse la lengua— a la pena de ser extranjeros en su tierra es algo que sobrepasa lo mezquino y que abre, de par en par, un portalón grotesco. Agotado el discurso de la cultura a Régimen, de la persecución lingüística y del martirologio de las entretelas, el castellano, en Cataluña, es una anomalía y los que lo cultivan y dan fe de su genio, traidores consumados y anormales congénitos. Todavía no ha mucho, Juan Marsé, que es un bocas, lanzó una pregunta al viento: «Soy catalán, escribo en castellano. ¿Y qué?». La respuesta, con copia a sus colegas, acaba de adjuntársela don Joan Manuel Tresserras. El «conseller» Tresserras. Así, con ese ese.
Lo noticioso, empero, no es que a los niños díscolos les castiguen sin postre o les aparquen en un gueto. Eso es lo habitual, lo que prescribe el reglamento. Mayor enjundia tiene que en el búnker anden lo que se dice «acollonits»; añusgados, en el idioma del Imperio. «Fotudo», pero que muy «fotudo» está el ambiente. Y lo que te «foteré», morena. El Hundimiento.
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