El artista que jugaba con una pistola
De las curvas de Brigitte Bardot a los ángulos de Jane Birkin, Serge Gainsbourg era, por encima de todo, un depredador de la belleza. Artista con aura de maldito y cartera bendecida por el público, su historia es la del exceso. Lo dice todo que fuera capaz de crear una canción censurada no por su letra, sino por sus gemidos. Decía F. Scott Fitzgerald que «no hay segundas partes en las vidas americanas». Gainsbourg, judío ruso-francés, vivió varias prórrogas y algún lanzamiento de penalti. En el Oeste lo tenían claro: cuando realidad y leyenda no coinciden, prevalece siempre la segunda. Fiel al axioma, el guionista y dibujante de cómic Joann Sfar —su sello salpica desde los títulos de crédito— coloca una pistola en manos del protagonista niño, imagina episodios, omite su carrera cinematográfica y se inventa hasta a un Pepito Grillo a la inversa, un muñeco chirriante y genial que conduce sistemáticamente a su héroe por la pendiente más escarpada. Sfar confesará al final de la cinta: «Me gusta demasiado Gainsbourg como para colocarlo en la realidad. No me interesan sus verdades, sino sus mentiras». Ni los biógrafos de Wyatt Earp lo habrían dicho mejor.
Los aciertos empiezan mucho antes, desde la elección del reparto. Gainsbourg niño, cuando todavía era Lucien, lleva el careto impagable y todo el desparpajo de Kacey Mottet Klein, seductor «adulticida». Serge mayor, Eric Elmosnino, hace un gran trabajo físico y vocal, si bien le falta un punto para cautivar del todo. Del tino con que fueron escogidas las amantes habla la fotografía adjunta. Como la Bardot de «Y Dios creó la mujer», que era la más divina de todas, Laetitia Casta consigue que la recordemos desnuda sin quitarse siquiera la ropa (o no del todo). Alguien pone a nuestra imaginación a currar y encima somos nosotros quienes pagamos gustosos. Anna Mouglalis y Lucy Gordon sobresalen en las gloriosas pieles de Juliette Greco y Jane Birkin. El padre del artista, el rumano Razvan Vasilescu, necesitaría su propia película para desarrollar todo lo que lleva dentro. En suma, el espectador se sumerge en aquella época y, por lo general, se la cree. El mayor y casi único peligro acecha desde el tono de la cinta, entre surrealista y fantástico, y en la propia naturaleza del biografiado, que en sus últimos años logra convertirse en un cretino integral que apenas se deja querer. Incluso así termina uno razonablemente satisfecho. No entran ni ganas de matarlo. Ya se encargará él solito.
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