Julio Aparicio sale del hospital y volverá a torear esta temporada
Alzó los brazos al cielo y posó luego una mano en el corazón. Tan sencillo gesto expresaba su alegría de vivir para contarlo. Era una señal de fe y de victoria, el «milagro» de agarrarse a una existencia que a punto estuvo de citarse con la muerte. Dos semanas después de su gravísima cornada en la boca, curiosamente el mismo día en que se anunciaba su segundo paseíllo en Las Ventas, el torero abandonaba por su propio pie el hospital Doce de Octubre, «tomado» por decenas de medios de comunicación de todo el mundo.
Apenas esbozó algún vocablo suelto, pues la traqueotomía le impide hablar. Sobraban las palabras. La mirada azul de Aparicio, con un pañuelo que cubría en parte la cicatriz del cuello, era un verbo emocionado que resplandecía con los flashes de la nube de cámaras que le aguardaba a «portagayola» a las puertas del centro médico.
Un hilo de voz intentaba dar las gracias a todos los que se han interesado por su salud. Después de observar su estupendo estado de ánimo y su buena apariencia física, aunque lógicamente más delgado, una pregunta saltó pronta: ¿Volverá a torear? El maestro asintió presto con la cabeza: «Sí». Su apoderado, Simón Casas, especificó que «es una necesidad psicológica tras una cogida que pudo ser mortal y que le le ha engrandecido». Y se puntualizó más: «Será esta temporada». Estallaron entonces las palmas de los curiosos que se habían arremolinado, asombrados por la fortaleza de un héroe hecho de otro mineral.
Sorprendió su serenidad cuando desveló que había visto las imágenes del percance. Dirigió la mano al cuello y, a través de mímica, dio a entender que eran espeluznantes. Su banderillero de confianza, Rafael González, su voz en este trance, fue contundente: «Es consciente de lo que le ha ocurrido y sabe que se ha jugado la vida, pero también que la ha salvado». Una vez sanado el hombre, la próxima meta es la reaparición de un torero con afición desmedida. En la habitación 346, entre el olor a cloroformo, el maestro confesó que no puede «vivir sin torear»: el toreo le inyecta primavera a su espíritu de artista.
Su mente está fija en la vuelta a los ruedos, aunque prefiere no establecer fechas. La recuperación psicológica se prevé lenta. Cada tarde, al anudarse la pañoleta, una cicatriz de espejo le recordará la dureza y la gloria de la Fiesta. Los que le conocen en las distancias cortas aseguran que por el agujero de esta brutal herida no se ha ido su valor; es más, Aparicio sólo piensa en «concentrarse» en su finca de Cáceres. «Los médicos afirman que no le quedarán secuelas, pero le han recomendado que se lo tome con calma, aunque por él hoy mismo empezaba a entrenarse», cuenta su leal subalterno. También explicó que aún «no puede masticar y toma alimentos como el yogur». Añadió que cuando pueda hablar dará una rueda de prensa para agradecer a los medios su interés por un percance que ha mantenido en vilo a toda España.
Bajo el sol abrasador del mediodía, Aparicio desapareció con torería entre el celaje de fotógrafos hasta subir al todoterreno en el que le esperaba su mozo de espadas, Joselito. Como un torero que acaba de salir por la puerta grande y con un costurón de guerra, empren«CW-9»dió rumbo a la vida.
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