Desplumando palomas
PUESTOS a hacer diagnósticos sobre la marcha de la economía, ninguno tan certero como aquel que acuñó Groucho Marx: «Las cosas van bien cuando la gente alimenta a las palomas de Central Park; y las cosas van mal cuando las palomas de Central Park alimentan a la gente». Analógicamente, podríamos decir que las cosas van bien cuando el erario público subviene las necesidades de funcionarios y pensionistas; y que las cosas van mal cuando funcionarios y pensionistas subvienen las necesidades del erario público. Funcionarios y pensionistas son las palomas que el Gobierno despluma para hacer una mullida almohada que amortigüe el descalabro del déficit público; pero lo cierto es que el dinero que el erario público se ahorrará desplumando a funcionarios y pensionistas no alcanza ni siquiera la cifra que hace apenas unos meses se despilfarró en aquel delirante Plan E. Lo que, traducido al román paladino, significa que la factura de los carriles para bicicletas, pistas para monopatines, canchas para jugar al pádel, saunas municipales y demás chorradas insignes que Zapatero apadrinó, con la única y desaprensiva intención de maquillar las cifras del paro, la van ahora a pagar funcionarios y pensionistas -casi nueve millones de españoles-, a quienes se saquea por la vía del decretazo.
A este desplumar a funcionarios y pensionistas lo llaman cínicamente «plan de austeridad» y «esfuerzo colectivo». Y sólo les ha faltado añadir que los funcionarios con el sueldo mordido y los pensionistas con la pensión en el frigorífico podrán, a cambio, distraer la angustia de no llegar a fin de mes pedaleando por los carriles de bicicletas del Plan E, que es actividad la mar de saludable; y ya se sabe que la salud es mucho más importante que el dinero. Claro que, para lograr un país completamente saludable, es preciso convencer a quienes todavía tienen coche de las virtudes del pedaleo; para lo cual Zapatero, que todavía no se atreve a requisar coches -aunque todo se andará, o pedaleará-, ha anunciado una subida de impuestos que se cebará con «los que tienen más». ¿Y quiénes son esos ogros a los que Zapatero ha señalado, como Robin Hood señalaba a los normandos para hacerse perdonar sus latrocinios? No son los ricos, en contra de lo que el resentimiento de los pobres ingenuamente cree, pues los ricos no son tan pringados como para tributar por el impuesto sobre la renta, ni para abrir una cuenta bancaria con sus ahorros. «Los que tienen más» son, en la jerga del progresismo, los paganos de las clases medias; esto es, los pringados que no pueden escaquear sus ingresos al fisco. Así, esquilmando a las clases medias, fingen los gobiernos de progreso que combaten la avaricia de los ricos, cuando lo único que hacen es alimentar el resentimiento de los pobres, a quienes entretanto pueden impunemente dejar sin trabajo, congelar la pensión o recortar el sueldo, porque mientras lo hacen los expoliados se entretienen mordisqueando la carnaza que los gobiernos de progreso les han arrojado, para que desahoguen su resentimiento.
Así es como los gobiernos de progreso devuelven la salud a los pueblos, hermanándolos en la pobreza y enviscándolos de resentimiento. Y, mientras completan su plan salutífero, hacen como el ciego en aquel episodio del Lazarillo, que después de descalabrar al protagonista estampándole una jarra de vino se burla de él, aplicándole vino en las heridas y diciéndole con socarronería: «¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud». Algunos ilusos, viendo cómo Zapatero se apresta a desplumar a funcionarios y pensionistas, después de haberse presentado como el paladín de los derechos sociales, lo comparan con un zombi; pero olvidan que los zombis se alimentan exclusivamente de carne humana. ¡Pobres de nosotros!
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