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De la Gran Vía al cielo del patrón

Musical que ayer abandonó su teatro para salir a la calle La tarta del Centenario en Callao

Miles de personas sobre la alfombra azul que ayer cubrió kilómetro y medio de avenida

POR JOSÉ M. CAMARERO

FOTOS: DE SAN BERNARDO

MADRID. Nunca antes centenares de madrileños imaginaron tumbarse por San Isidro en la Gran Vía. Y nunca antes, miles de madrileños, españoles, turistas y extranjeros se les había pasado por la cabeza pasear sobre un manto azul en esta arteria, en una verdadera romería por el santo patrón.

Porque en eso precisamente, en una verdadera romería, repleta de fiestas, celebraciones y música, es en lo que se convirtió ayer la Gran Vía, donde, por segunda vez en apenas unas semanas, y como en muy pocas ocasiones había ocurrido en sus 100 años de historia, la calle de calles vivió horas de diversión hasta la madrugada.

Que el acto central de San Isidro se celebrara en esta centenaria vía urbana no suponía que los chulapos no estuvieran presentes. Ni mucho menos. Gran parte de quienes se acercaron ayer a cualquiera de los tres escenarios portaban sus sombreros de chulapo; ellas, como manda la tradición, cubriéndose del frío que en ocasiones se sintió gracias a sus mantones. Y miles de niños ataviados como romeros del santo.

Tres fueron los puntos de la Gran Vía donde se concentraban, en un momento u otro de la tarde y noche, y en ocasiones hasta en paralelo, los sonidos que han marcado el discurrir de esta calle durante el último siglo: el pasado, en torno a la Red de San Luis; el presente, en medio de la Plaza del Callao; y el futuro, en la Plaza de España. Entre estos tres epicentros musicales, una marea humana que, en ocasiones, fue insoportable. El Ayuntamiento cifró en 40.000 personas la asistencia a las ocho de la tarde.

Los tramos de calle donde no había preparado ningún espectáculo se convirtieron en pradera improvisada, en la que las bebidas y la comida fueron protagonistas. A lo largo de la Gran Vía, grupos de amigos se afanaban en buscar un poco de sol penetrante entre los edificios de la calle. Allí se sentaban y tumbaban para disfrutar de los sonidos que llegaban por todos los puntos cardinales. «Con una cerveza y esta musiquita que suena, estoy muy feliz», comentaban Alicia y alguno de sus compañeros de trabajo, con los que había acudido.

Público de todas las edades

Pero no era fácil encontrar un sólo resquicio de alfombra azul durante toda la tarde. Y muchos menos, cerca de los escenarios. En el que se encontraba el edificio de Telefónica, acudió un público de más edad. Desde primera hora de la tarde, los madrileños, y muchos inmigrantes iberoamericanos -sobre todo argentinos- se deleitaron con los bailes de Piazzola Buenos Aires o la Compañía de Tango de la capital bonaerense. «Bailan muy, pero que muy bien», explicaba una Doria emocionada recordando a su familia al otro lado del Atlántico.

Una vez entrada la noche, los sonidos históricos que han marcado a la Gran Vía durante buena parte del siglo XX: Pastora Soler, Diana Navarro y Esperanza Roy se encargaron de retraer historias de una capital no tan lejana a base de coplas y, sobre todo, revista y zarzuela, dos géneros muy unidos a Madrid. Con sus cánticos, la calle se convirtió en una verbena pueblo, pero con miles de espectadores bailando.

Quienes consiguieron compaginar sus pasos con los de los bailarines que se encontraban sobre el escenario fueron los jóvenes espectadores que acudieron al estand en el que se representaban los musicales que han tomado la Gran Vía en los últimos años. Música del presente para miles de personas que bailaron al ritmo de temas de Black Eyed Peas o Mecano.

Para rematar, la música del futuro, a través de grupos noveles como Seeders, Contacto en Francia o El Alpinista en el escenario de la Plaza de España. El público, más bohemio y con ganas de saltar y disfrutar. Quienes se acercaron a este lugar después de las diez de la noche revivieron otro género que ha marcado a esta calle: el de la movida.

Y para rematar la fiesta -durante más de siete horas, el ir y venir de ciudadanos por Gran Vía la hicieron impracticable para andar-, un espectáculo sobre la fachada de Telefónica, un castillo de fuegos artificiales y una gran tarta para celebrar su cumpleaños. No faltó a última hora el «cumpleaños feliz» tarareado por miles de madrileños, a quienes el sombrero y el clavel no se les había movido ni un ápice en toda la romería de San Isidro.

La «marea» de San Isidro

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