Los «otros disparos» de la Guerra Civil
Son los otros héroes de la Guerra Civil. Ellos también dispararon durante la contienda, pero los suyos fueron disparos silenciosos. No empuñaban armas, sino cámaras. Eran colegas y amigos, aunque la maldita guerra les separó en bandos enemigos. Pertenecen a una generación de fotógrafos de raza, de instinto... Sabían que había que correr y disparar, aunque la foto saliese borrosa. Llevaban a cuestas muchos kilos de cámaras imposibles. Y hasta una escalera, a la que se subían todos para buscar el mejor ángulo. Fueron pioneros de la fotografía de prensa en España. Pero la historia, tan injusta ella, quiso que los laureles se los llevaran Robert Capa (y ese miliciano cayendo en Cerro Muriano que sigue dando tanto que hablar), su compañera Gerda Taro; David Seymour... Es como si sólo los grandes nombres de la fotografía internacional estuvieron en el frente.
Nada más lejos de la realidad, como queda patente en el documental «Héroes sin armas. Fotógrafos españoles en la Guerra Civil», dirigido por Ana Pérez de la Fuente y Marta Arribas. Producción de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, con la colaboración de La Fábrica, fue presentado ayer, con la presencia de algunos descendientes de los protagonistas, y se estrena hoy en la Academia de Cine. Alfonso, Marín, Pepe Campúa y Díaz Casariego coincidieron en la revista «Mundo Gráfico» y, más tarde, en la Guerra Civil: tres en el frente republicano; el cuarto, en el franquista (Campúa). Antes de la guerra conocieron el éxito. Sus rastros se diluyen tras la contienda.
Gran parte de los archivos de estos estupendos fotógrafos ha dormido setenta años en el más injusto de los olvidos: miles de negativos encerrados en cajas y baúles en sótanos u ocultos tras las paredes. Esas imágenes mostraban una realidad que había que maquillar a toda costa. Resultaban bastante incómodas. «La guerra les pasó por encima, pero constituyen un testimonio histórico imprescindible que había que poner en valor», comenta Marta Arribas. Dice que en algunos casos la búsqueda resultó detectivesca: «A Díaz Casariego es como si se lo hubiera tragado la tierra». Los archivos de estos cuatro fotógrafos corrieron distinta suerte. Marín escondió más de 18.000 negativos tras una pared de la cocina de su casa. Su hija Lucía, que acudió ayer a la presentación del documental junto a su hijo Marcos, los dejó en depósito en la Fundación Pablo Iglesias. Alfonsito salvó el suyo declarando que se había quemado durante la guerra. No era cierto. Lo había escondido. El archivo de Díaz Casariego fue guardado y supuestamente requisado en los años 40. Pasó en la transición a la agencia Efe. Y unas 800 placas inéditas han aparecido en la Hemeroteca Municipal de Madrid, donde el fotógrafo trabajó al final de su carrera microfilmando instantáneas, quién sabe si entre ellas algunas suyas. En España también tuvimos nuestros Capa fotografiando la Guerra Civil. No se llaman Robert. Ni falta que les hace.
Pepe Campúa (Jerez de la Frontera, 1900-Madrid, 1975)
Su verdadero nombre era José Demaría Vázquez, pero heredó de su padre, también fotógrafo y director de la revista «Mundo Gráfico», el pseudónimo José Campúa. Fundó la Agencia Express. Fue el único fotógrafo que acompañó al Rey Alfonso XIII en su histórico viaje a Las Hurdes en 1922. Era un excelente retratista. Entre sus instantáneas más celebres, la de Ignacio Sánchez Mejías ante el cuerpo sin vida de Joselito, o la del general Sanjurjo como recluso en el penal de El Dueso. Al comienzo de la Guerra Civil, unos milicianos se llevaron a su padre a la Checa de Fomento y destruyeron todo su archivo. Al día siguiente apareció en la calle con un tiro en la cabeza. Él mismo fue detenido, pero pudo escapar y huir a Alicante. Se incorporó al bando franquista como corresponsal de guerra. Tras la contienda siguió ejerciendo como fotógrafo y como profesor de la Escuela de Periodismo de Madrid. El
Alfonso (Madrid, 1902-1990)
Alfonso Sánchez Portela, más conocido como Alfonsito, fue el primogénito de una de las más importantes dinastías fotográficas de España, liderada por su padre, Alfonso Sánchez García, y que también siguieron sus hermanos Pepe y Luis. A los 16 años, Alfonsito comenzó su carrera de fotógrafo en «El Heraldo» y «El Liberal». Lo que le consagró como uno de los más importantes reporteros gráficos españoles fue la guerra de Marruecos en 1922. Fue enviado allí para cubrir el desastre del ejército español en Annual. Fue una exclusiva mundial su retrato de Abd-el-Krim. De la Guerra Civil española son célebres sus imágenes de la Batalla de Teruel, el Cuartel de la Montaña... Tras la contienda fue depurado, se le retira el carné de prensa y se le permite trabajar sólo como retratista. Declaró que su archivo se quemó durante la guerra, pero en realidad lo escondió. Al morir en 1990, ese archivo contaba con más de 500.000 negativos.
Marín (Madrid, 1884-1944)
Luis Ramón Marín —firmaba sus imágenes como Marín—es uno de los más destacados reporteros gráficos españoles de principios del siglo XX, pionero del fotoperiodismo en nuestro país. A los 16 años obtuvo el título de perito agrícola. Más tarde ingresó como funcionario en la Dirección general de Agricultura, Minas y Montes. Pero su pasión siempre fue la fotografía. Comenzó su carrera como fotógrafo a los 24 años. En 1922 ingresa como reportero en «Informaciones». Inmortalizó con su cámara desde el comienzo de la aviación a la Familia Real, políticos, boxeadores, actrices... Durante la Guerra Civil recorre con su Leica los frentes de Guadarrama, Somosierra o Buitrago. No fue depurado, pero abandonó la fotografía para siempre. Temiendo represalias políticas, escondió más de 18.000 negativos tras una pared de la cocina de su casa. Su hija lucía entregó en depósito el archivo de su padre a la Fundación Pablo Iglesias.
Díaz Casariego (Madrid, 1897-1967)
El caso de José María Díaz Casariego es un claro ejemplo de olvido y desaparición tras la Guerra Civil. Fue redactor gráfico de diversos diarios y revistas, como «La Esfera» o «Mundo Gráfico». Llegó a ser jefe gráfico del ABC republicano. Estuvo en la campaña de Marruecos. Allí conoció a Franco, Mola y otros militares, lo cual le valdría para librarse de la pena de muerte tras la Guerra Civil. Llevaba en su cartera un indulto firmado de puño y letra por Franco, que solía mostrar. Se le prohibió seguir ejerciendo como fotógrafo y acabó sus días como un gris funcionario en el servicio de microfilmado de la Hemeroteca Municipal de Madrid, donde se han hallado recientemente 800 placas en cristal de Díaz Casariego, celosamente guardadas por otro funcionario, Antonio Prast. Díaz Casariego murió sin descendientes. Su archivo, supuestamente requisado en los años cuarenta, pasó a manos de la agencia Efe en la transición.
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