La sospecha de Occhipinti
PARECE ser que el profesor Genaro Occhipinti, titular de Parapsicología, Telepatía y Telequinesia en la Universidad Científica de Calabria, experto en ciencias ocultas y estudioso de todas las formas posibles de la gafancia y sus métodos preventivos, le confesó al maestro Jaime Campmany, a quien tanto añoramos, que tenía indicios para sostener que Mariano Rajoy era un trasunto de Quinto Fabio Máximo, cinco veces cónsul y otras dos dictador de Roma. Al hipotético antecesor del líder del PP le conocían sus paisanos y contemporáneos con el sobrenombre de Cunctator -el que retrasa- por su habilidad especial para aplazar las decisiones y, en la Primera Guerra Púnica, consciente de la superioridad militar de Aníbal, confundir al cartaginés con maniobras dilatorias que consiguieron romper los planes estratégicos y la intendencia del poderoso ejército que asustaba al Imperio.
Por Cunctator que fuera el romano, resultaría vertiginoso en comparación con su reencarnación gallega. No hay más que verle -imperturbable, inexpresivo- en un momento en que cualquiera de los líderes al uso, por la derecha o la izquierda, reflejaría un mínimo de tribulación. En un Estado que no funciona, con una Nación en veremos y al frente de una oposición señalada por la confusa inmensidad del «caso Gürtel», algo que viene de viejo y que no puede reducirse a la ligereza de unos cuantos militantes, Rajoy no descompone la figura y confía en que el tiempo le ayude a resolver lo que tiene difícil solución. No sé cómo lo interpretaría Occhipinti, que sólo Campmany tenía las claves para su entendimiento; pero el caso es metafísico y solo está al alcance de quienes entienden que el tiempo es una variable política de primer orden y que, como enseñaba Winston Churchill, un error de tiempo en política es mucho más grave que en gramática.
No se observan reacciones cabales al «caso Gürtel» que -¿casualmente?- le sirve de prólogo al festín celebratorio de la refundación del PP e inicio del aznarismo, del que Rajoy es una secuela. Las sobredosis nunca son deseables, pero las de astucia siempre se vuelven contra el astuto. Al primer Cunctator le gustaba beber leche de cabra bien fría y un día, dos siglos antes de Cristo, se atragantó con un solo pelo del animal que la leche llevaba en suspensión. Así murió. No basta con tener tragaderas, que las tuvo el romano, también es necesaria la oportunidad.
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