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ABC Cultural

Amanerada estética

JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

John Woo siempre ha sido un tipo sospechoso, un individuo tras la cámara al que mirar de reojo. Tienen trampa sus trabajos pues para empezar nunca duran lo que dicen la manecillas del reloj. La mitad de las escenas de acción las ha venido haciendo a cámara lenta, intentando así ser novedoso. Es un burdo truco, aunque funcione en los ojos de las bajas esferas.

Pero así se ha ido forjando un nombre y el caudal suficiente para abordar esta batalla mítica de años ha sobre la que lleva trabajando casi desde que se hizo la misma (208 a.c.). Al final, ha logrado hacer esta adaptación del clásico «El romance de los tres reinos» justo como quería: una superproducción en la que no se ha reparado en gastos. El resultado es discreto: espectacular en su visualidad, composición coral y fotografía, pero irregular en el contenido. Un paquete de colores con flores mustias por dentro. Porque todo lo que expone con alarde de rojos y fanfarria ya ha sido visto antes y en su mismo cine, de donde recoge tanto las virtudes (formidables escenas bélicas) como los defectos (actores con tics orientales del pasado y un mensaje superfluo, casi inexistente).

Y alrededor de ello un amaneramiento en todo el conjunto realmente pastoso, confundiendo pálida plástica con una irritante dejadez de la que sólo se libra la espléndida Chiling Lin, de que uno no sabe con qué quedarse: su fastuosa belleza o su delicada interpretación, ambas de una elegancia que para sí habría querido Woo a la hora de plasmar tan ambicioso proyecto.

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