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Des-confianza

POR debajo de la crisis socioeconómica ha empezado a latir una severa crisis política que casi puede resultar más peligrosa por su carácter estructural. La recesión pasará; quizá no tan pronto como espera Zapatero, y con bastantes secuelas, pero cumplirá su ciclo. Sin embargo, la desconfianza que está sembrando en los españoles respecto a sus instituciones y a su dirigencia pública corre el riesgo de desembocar en un problema sistémico. Nunca se había detectado en las encuestas de opinión un escepticismo simultáneo respecto al Gobierno y a su alternativa.

El problema de confianza no sólo afecta pues a la situación económica, sino, y de forma muy grave, a una política en la que los ciudadanos no encuentran respuestas. Uno de los fenómenos más preocupantes de los últimos años es el crecido número de españoles que desean ver arrastrado por la crisis a un Gobierno que no ha sido capaz de mostrarse como el representante de todos. Después de seis años de profundizar en la división ideológica, el poder se está quedando solo porque le empieza a abandonar parte de la media España para la que ha gobernado. Con la otra media hace tiempo que voló los puentes. Las reticencias del PP a un pacto anticrisis no son tanto de sus dirigentes como de parte de su electorado, que se siente preterida desde 2004 y ahora no entiende que se le reclame para sacar de apuros a quien nunca ha buscando entendimientos. La dificultad añadida es que en este largo lustro de confrontación ha habido mucha gente que se ha descolgado de la política y ha perdido todas las ilusiones, incluso las de un posible relevo en la dirección del país.

Hemos llegado a un punto de bloqueo y descreencia en el que quedan bajo sospecha hasta las buenas intenciones. La sensata iniciativa de las Cámaras de Comercio y la Fundación Confianza para recuperar un cierto optimismo en las posibilidades individuales frente a la recesión ha tropezado con una montaña de suspicacias. La campaña estosololoarreglamosentretodos.org adolece de un defecto de parcialidad porque no ha encontrado el apoyo de personalidades alejadas del ámbito gubernamental, y su elenco de figuras próximas al poder inspira sospechas de amiguismo banderizo. Tiene otros defectos -el principal, que la mayoría de esos personajes ricos y famosos que instan a luchar contra la crisis no la han sufrido ni de lejos-, pero ha quedado contaminada por la sombra de los favores al poder. El Gobierno se ha pasado legislatura y media violando neutralidades y sembrando discordias, y ahora no encuentra amparo para una tarea de liderazgo social que ya no se le reconoce. Ha manejado tan mal la crisis y con un sesgo fraccionario tan profundo que muchos españoles la identifican con su gestión y desean que apeche solo con sus consecuencias.

Este proceso tiene lógica, pero no deja de resultar un fracaso colectivo. El de la nobleza civil de la política.

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