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El metal que atrae Parkinson

La acumulación progresiva de pequeñas cantidades de aluminio que el cuerpo no es capaz de procesar en el aparato renal y expulsar pueden convertirse en un gran problema en la edad adulta. Combinada con otros factores, la presencia de este metal, a cuya exposición el hombre no puede sustraerse, potencia y acelera el desarrollo de la enfermedad de Parkinson. Así lo explica, en una tesis doctoral publicada en el «Journal of Neurochemistry», la doctora de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) Sofía Sánchez, que advierte sobre este hecho y ofrece recomendaciones para limitar la exposición al metal.

El cuerpo humano absorbe el aluminio por distintas vías: la principal es la vía oral, a través de la alimentación, básicamente: quesos procesados, el té y las especias, por ejemplo, contienen una alta proporción. También las plantas concentran elevadas proporciones procedentes de los cultivos (cuando se alcanza un cierto ph en el suelo, se produce la solidificación del metal). La exposición es tan habitual, como que en la atmósfera hay partículas suspendidas de aluminio, sobre todo en zonas industriales.

El efecto del aluminio, en palabras de Sánchez, se resume así: «Las células de nuestro cuerpo sufren un proceso natural de oxidación. Es un proceso natural, que nuestro cuerpo compensa con antioxidantes que compensan, valga la redundancia, este daño. El cuerpo compensa los daños. Pero ciertas circunstancias, como la presencia de aluminio, rompe este equilibrio», explica. Lo que el aluminio provoca, a grandes rasgos y especialmente en el cerebro, donde el aluminio tiende a asentarse, es «inhibir los sistemas antioxidantes y potenciar el estrés oxidativo» (el hecho de que se rompa el equilibrio) provocando la acumulación de radicales libres (que se producen, incluso, al procesar oxígeno).

Esta oxidación potencia el complejo proceso neurodegenerativo que denominamos Parkinson, y que fundamentalmente afecta al sistema motor. Una vez en el individuo, el aluminio «no se puede eliminar». «La acumulación ocurre de manera natural: en los mayores hay más concentración en el cerebro que en la gente joven. El cerebro no tiene la capacidad de eliminarlo de manera tan rápida y la situación va empeorando. No eliminarlo y sufrir una exposición a lo largo de la vida hace que tengamos más».

El círculo vicioso se cierra cuando el cuadro se completa con una patología renal.

La solución única a un proceso natural es la prevención. «Que quede claro que no hay que alarmarse. Yo sigo tomando mis latas de bebida. Pero hay soluciones para minimizar la ingesta del metal», cuenta la investigadora de la USC. Uno es utilizar utensilios de cocina que no sean de aluminio, ya que una cocción en un medio ácido y a altas temperaturas provoca la solubilización del aluminio y su penetración en alimentos. Para ello, puede echarse mano de útiles de acero inoxidable.

Los afectados por dolencias de estómago son un grupo de riesgo: los antiácidos, algunos sin receta, que se pueden utilizar para combatirlas son muy nocivos si existe un abuso. «Se pueden ingerir de uno a cinco gramos al día, que a la larga puede ser peligroso», suscribe.

La tesis doctoral de Sánchez, publicada en la revista «Journal of Neurochemistry» fue dirigida por Ramón Soto y Estefanía Méndez. En ella, la autora recomienda especialmente moderar y controlar los niveles de aluminio que asimila la población.

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