Novela
RECOMIENDO, para estas fechas, Ojos que no ven, de J. Á. González Sainz, que acaba de salir a las librerías bajo el sello de Anagrama. Soriano de 1956, González Sainz, filólogo, profesor en Venecia y residente en Trieste, es un narrador excepcional y un maestro del idioma que se prodiga menos de lo que sería deseable. Fue Premio Anagrama en 1996 con Un mundo exasperado. Desde entonces, y hasta la que ahora comento, sólo había publicado otra novela, Volver al mundo. Ambas constituyen magníficas semblanzas de la generación española de la Transición, muy diferentes de esta última, tanto en personajes y ambientes como en lo que me atrevería a llamar aliento trágico.
Ojos que no ven es la historia de una familia del campo castellano que emigra, en los años del franquismo, a una población industrial guipuzcoana. González Sainz escatima las precisiones geográficas y cronológicas. Del lugar de origen, apenas nos proporciona un topónimo, correspondiente a un monte o cerro escarpado, Pedralén, que bastaría para situar aquél en las cercanías de Cervera del Río Alhama, extremo de la Rioja oriental encajonado entre Navarra, Aragón y Soria. Pero Pedralén guarda asimismo el eco mítico del Peñalén navarro, barranco por el que precipitó al rey Sancho IV, en 1076, uno de sus hermanos, el ambicioso Ramón Garcés. Como el de Peñalén, el barranco del Pedralén de la novela habría servido, durante la guerra civil, para deshacerse de vecinos incómodos: uno de ellos, el padre del protagonista, primer Felipe Díaz de una breve saga del mismo nombre a lo largo de medio siglo de soledad. Ahora bien, la pared rocosa es, sobre todo, el criadero de los alimoches bancos, aves carroñeras que pueden confundirse de lejos con cigüeñas, y dependen para su sustento de otras especies de buitres de mayor envergadura, negros, leonados y quebrantahuesos, que descuartizan los cadáveres, dejando al descubierto las vísceras blandas, únicas partes que los pequeños alimoches pueden devorar.
Esta pirámide biológica se convierte en símbolo de una jerarquía social tácita que subordina la emigración de la España pobre a quienes, en las regiones industriales, se tienen por anfitriones legítimos y ponen a los recién llegados ante el dilema de asumir sus obsesiones identitarias o resignarse a un ostracismo que, tarde o temprano, derivará hacia situaciones no disimuladas de persecución política y acoso violento. Lo verdaderamente insólito en el tratamiento de esta materia trágica -y hay tragedia cuando el dilema no admite una tercera vía- es que González Sainz no se permite, ni por asomo, el uso de una terminología convencional y, por ende, tranquilizadora, que produzca la ilusión de haber comprendido el problema. No habla de terrorismo, ni siquiera de nacionalismo. Juzga los hechos, a través de la conciencia de su protagonista, según una ética y mediante unas categorías ancladas en el sentido común; es decir, en una visión del mundo que cabría adjetivar como tradicional, la del hombre arraigado en una cultura que extrae sus valores de la experiencia acumulada por generaciones que aprendieron a desconfiar de los mitos mortíferos sobre identidades, opresiones y memorias rencorosas. Podrá dudarse de que tal visión corresponda a un sujeto empírico distinto del propio autor, pero es terriblemente persuasiva. Y hay que destacar la limpieza del juego. En ningún momento González Sainz hace trampa con los hechos, tomados de la más incontestable realidad. Quizá no exista, en la tragedia vasca, una visión propia de los vencidos, pero ésta de unos ojos que a pesar suyo ven es lo que más se le parece.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete