Hijos de la tierra
Miembros de la comunidad mapuche participan en una reunión en la ciudad de Puerto Dominguez | REUTERS
Actualizado Miércoles , 10-02-10 a las 10 : 28
Francisco Willypan alza las manos al cielo y pide protección para los invitados que hoy se han reunido con ellos al amanecer. Lo hace junto a cuatro manulehes, una especie de tótems de madera entallados en forma de figuras humanas. Uno de ellos simboliza el proceso vital del hombre, según el cual el ser humano cae de una estrella a la tierra al nacer y, cuando muere, asciende de nuevo a ella.
Sin embargo, el grupo étnico de Francisco Willypan, los mapuches, no idolatran al cielo y sus misterios, sino a la tierra que pisan. No es extraño si conocemos que el término "mapuche" significa "gente de la tierra" en su lengua, en alusión a las personas que reconocen su pertenencia e integración a un territorio. La vital relación con la tierra se refleja claramente en su cultura. Aman la naturaleza porque consideran que ésta se encuentra en perfecto equilibrio y la tierra (Neguenechen) es su Dios más importante. Allí encuentran su expresión espiritual, su cosmovisión, la forma en que representa al mundo, y su relación con las fuerzas sobrenaturales. Esta relación con su territorio explica su voluntad de independencia, que no en vano mantuvieron durante tres siglos y medio, luchando sin tregua por la libertad.
Los mapuches se consideran hoy todavía un pueblo amenazado y reprimido; y las tensiones con el Gobierno de Chile son actualidad constante en los medios nacionales. Las demandas de los mapuche están ligadas a la recuperación de los territorios de los que afirman ser herederos ancestrales, y en algunas ocasiones han recurrido a diversas acciones violentas. En juego también está la preservación de su identidad y tradición, clave en el proceso globalizador en el que nos encontramos.
Neftalí es profesor de mapulungu, la lengua de los mapuches. Ante algunos de los "ruteros", cuenta que en el año 1976 impusieron que el castellano fuera el único idioma que debía aprenderse en las escuelas. "Yo conocía el mapulungu por mi familia, pero me estaba prohibido hablarlo en la escuela. Me castigaban duramente si lo hacía. Pero yo no quería perder la lengua de mis antepasados. Así que cuando nadie me veía hablaba con los árboles, los animales o las piedras. Aunque ellos no me respondían, era el modo de no olvidar mi lengua. O mi identidad, si ustedes quieren verlo así." Las reivindicaciones indígenas han permitido que para 2010 sea obligatorio enseñar en las escuelas de la zona el mapulungu. Sin embargo, a Nefatlí le puede la inquietud. "Ahora, veo esa misma amenaza que sufrí con el español en la enseñanza masiva del inglés".
Sin embargo, éste no es el único problema al que se enfrenta la etnia mapuche. Frente a una vida austera, sobria y tranquila, muchos jóvenes deciden emigrar a las grandes ciudades, en busca de nuevas oportunidades. Otra vida.
Aimer Aukanil es el hijo del jefe de una comuna. Acaba de llegar de la capital del país para cuidar a sus padres. Algo nervioso nos cuenta que en sus tierras hay decenas de plantas curativas capaces de sanar algunas enfermedades comunes en el hombre. "El paciente sólo tiene que añadir slgo de optimismo y confiar en sus efectos", nos cuenta después de asegurar que ya han rehusado de la medicina genérica. "Estas plantas han llegado a sanar las piedras en la vesícula. Créanselo". Aukanil parece conocer qué habita en cada hectómetro de la propiedad de su padre. Sin embargo, su seguridad se desvanece cuando le preguntamos por el futuro. "Cuando no esté mi papá, no estoy seguro de querer convertirme en jefe". A pesar de ello, sabe que su destino está marcado y él mismo se resigna a convencerse de que es el único camino para la preservación. Temen que la tierra que pisan deje pronto de tener herederos.

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