La muerte de Aitana
AITANA, una niña de tres años, ha muerto en Tenerife, como consecuencia de una lesión cerebral causada por la caída de un columpio; así lo atestigua la autopsia practicada a su cadáver. Pero en los días que mediaron entre el accidente y la autopsia, el joven que se hallaba a su cuidado cuando la niña cayó del columpio ha sido acusado de someterla a las más aberrantes sevicias. El caso, a simple vista, podría despacharse como una trágica concatenación de errores médicos, policiales y periodísticos, si no fuera porque tales errores no han sido fruto de meras negligencias, sino el producto de una gangrena moral que corrompe a la sociedad entera. Pues sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social puede explicar que unos médicos, ante el examen de una niña que acaba de sufrir un accidente, diagnostiquen que ha sido sometida a vejaciones; sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica que los interrogatorios policiales hayan querido confirmar tal diagnóstico; sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica que los medios de comunicación, con desprecio de los códigos deontológicos que deben regir la pesquisa informativa, hayan dado por demostrada la culpabilidad del joven, dedicándole sus vituperios y anatemas; y sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica, en fin, que la masa cretinizada necesite encontrar chivos expiatorios sobre los que volcar sus figuraciones más escabrosas. La autopsia practicada al cadáver de Aitana ha servido para exculpar al joven sobre el que irresponsablemente se había arrojado el baldón; pero al mismo tiempo ha servido para descargar ese baldón sobre una sociedad enferma, convertida por la propaganda oficial y la histeria mediática en una manada de bestias carroñeras prestas a abalanzarse sobre cualquier reclamo.
Sólo la insidiosa acción de la propaganda oficial explica que unos médicos, a la vista de las excoriaciones que una niña presenta tras caerse del columpio, o ante un sarpullido o reacción alérgica que al parecer padecía cuando se produjo el accidente, piensen en la posibilidad de que haya sido quemada con la llama de un mechero o con la brasa de un cigarrillo. Es preciso, para llegar a tan peregrina conclusión, que tales médicos hayan sido infectados previamente por un clima de desquiciamiento colectivo que convierte a cualquier hombre que acompaña a una niña a un hospital en un sospechoso de las más abominables prácticas; y tal clima de histeria no es producto del azar, ha sido artificiosamente fabricado por la propaganda de los politicastros, que obliga a los médicos a guiarse por turbias y calenturientas figuraciones, antes que por la evidencia de las lesiones que se presentan a su examen. Sólo la insidiosa acción de la propaganda oficial explica que la sociedad, para mantener su conciencia aliviada, necesite a cada poco nutrirse para su regodeo de casos -reales o ficticios- adornados con las circunstancias más perversas. Porque para convertir un sarpullido alérgico, unas excoriaciones cutáneas, unos moratones causados en el proceso de reanimación cardiaca o un desgarro intestinal consecuencia de una manipulación quirúrgica en episodios de tortura hace falta una imaginación muy emponzoñada por el hálito del Mal. Para convertir a un joven que lleva a una niña que acaba de caerse de un columpio al médico en un monstruo capaz de perpetrar semejantes sevicias es preciso que antes hayamos sido capaces de considerar que tanta abominación es posible; y uno sólo es capaz de considerar aquello que su sucia mente es capaz de concebir. O lo que la propaganda oficial y la histeria mediática le han enseñado a concebir.
El cadáver de Aitana nos está señalando con el dedo. Es el espejo en el que contemplamos nuestra propia perversión y maldad.
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