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Esther Tusquets: «La burguesía catalana que yo he conocido siempre me ha parecido mediocre»

Esther Tusquets: «La burguesía catalana que yo he conocido siempre me ha parecido mediocre»

Envejecer es poder decir lo que piensas sin estar sometido al eufemismo. Tras sus «Confesiones de una editora poco mentirosa» y de «Habíamos ganado la guerra», Esther Tusquets se autodeterminó: «Acabaré siendo una vieja dama indigna, haré lo que quiera y diré todo lo que pienso». Nacía «Confesiones de una vieja dama indigna» (Bruguera), mirada osada sobre la gauche divine, los amores y la trayectoria editorial en Lumen.

Nuestra vida se deshoja en perpetua paradoja. Un otoño de hace cincuenta años Magín Tusquets comunicó a Esther y Óscar que había comprado una pequeña editorial llamada Lumen dedicada a los mártires y misioneros. El sello provenía de las Ediciones Antisectarias, que su tío Juan Tusquets creó en el Burgos de 1936 bajo el paraguas de Serrano Suñer. Paradoja. La editorial fundada contra el «contubernio judeomasónico» se convertiría en una de las más comprometidas contra el franquismo.

Una burguesía pacata

Esther pertenecía a los catalanes que habían ganado la guerra; una burquesía «bienpensante y pacata que pretende no haber sido nunca franquista». Una burguesía «que, si en el siglo XIX fue innovadora e industriosa con el mecenazgo del modernismo, en el XX se vino abajo: la burguesía que yo he conocido siempre me pareció muy mediocre».

La burguesía no tiene ni siquiera discretos encantos para ella. Hablemos de Millet: «No creí que el grado de corrupción fuera tan grande y que actuara con esa impunidad como si todo el mundo ya lo diera por sabido. Espero que Millet pague lo que hizo».

Otra paradoja: los cachorros de aquella burguesía conformaron en la Barcelona de los sesenta la gauche divine. Libertad sexual, apertura de fronteras creativas, arquitectos, fotógrafos y directores de cine. Esther vivió un largo romance con Oriol Maspons: «Había mucha creatividad y mucho discurso sobre la libertad sexual que después se coartaba por los celos». En el Cadaqués de aquellos tiempos, los de la gauche divine, le negaban el saludo al «reaccionario» Dalí...

En la edición reinaba Carlos Barral, gran seductor, «aunque irreflexivo y caprichoso», matiza Tusquets. El magnífico Barral dejó pasar «Cien años de soledad» y dijo que no le interesaban los cómics cuando le ofrecieron en Fráncfort a Mafalda. La editora de Lumen obtuvo con Quino su primer gran éxito. Lo mismo sucedió con los «Apocalípticos e integrados» de Eco; dejado de lado por Barral, Tusquets lo editó y se ganó luego el cielo del bestseller con «El nombre de al rosa».

Esther al desnudo

La «vieja dama indigna» no se anda con rodeos. Cela: «Me comunicó que su hermano se había hecho cargo de Alfaguara, y quería anular sus contratos. A mí me pareció razonable. Pero Cela se las pasó de listo y me explicó de entrada el legal recurso ratonil al que podía echar mano si yo me negaba».

Rosa Regàs: «Posee la rara cualidad de creer que siempre tiene razón... Me pirateó un libro infantil de Ana María Matute, le puse una querella criminal y fue diciendo por ahí que mi pasado de jefaza falangista me había dejado como huella la costumbre de pisotear a los demás».

Pasqual Maragall: «Fue un alcalde carismático, pero un presidente de la Generalitat fallido. Tenía razón Barral cuando afirmaba que había en Barcelona doscientas familias intocables».

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