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El carcelero de Raquel

De Raquel Burgos sus vecinas del barrio de Peñagrande (Madrid) sólo recuerdan que estaba esclavizada por su marido Amer Azizi, un «muyahidin» que combatió en la guerra de Bosnia, que se adiestró en campos de entramiento de Afganistán, que está buscado por la Audiencia Nacional por integrar una célula de Al Qaida en España y que huyó en 2001 ante los ojos del CNI y la Policía. Al hablar de Raquel su nombre se convierte sinónimo de sometimiento «porque, al menos para mí, no tenía vida. Él le prohibía vivir. Está visto que, pese a sus costumbres -aceptadas por ella- ese hombre era un criminal dentro y fuera de su casa».

El hallazgo en un feudo talibán de Pakistan del pasaporte español de Raquel, junto al de Said Behaji, buscado por los atentados del 11-S por integrar «célula de Hamburgo», lleva a sus antiguas vecinas de Peñagrande a recordar que «la muchacha -tendría unas 26 años cuando vivió aquí- apenas salía de casa porque se lo ordenaba él, un hombre de pelo rizado y barba larga, como las de esos talibanes que salen en tele. En más de una ocasión la oímos gritar porque también le pegaba. Una de las palizas se la dio embarazada de seis meses».

Raquel, sólo de tarde en tarde, y siempre cuando su marido estaba fuera, conversaba con sus vecinas. Lo hacía, la mayoría de las veces, desde detrás de la ventana. «Su único entretenimiento eran unos gatos, yo también jugaba con ellos; las dos somos más o menos de la misma edad, y por eso conmigo tenía más de trato. Algunas veces en verano, cuando hacía calor, salía aquí, al patio. Entonces mi madre se atrevía a preguntarle cómo podía aguantar esa vida, más aún siendo española. Ella decía estaba muy enamorada. En mi opinión, estaba anulada, pero no se quejaba. Más aún, se había convertido a las costumbres y la religión de él e incluso a nosotros nos pedía que la llamáramos por su nombre en árabe...Fíjate cómo era la situación que incluso mi padre evitaba coincidir con ella en el patio de la casa porque su marido ponía una cara horrible. Algunas veces nos comentaba que echaba de menos a sus padres. No los veía porque no aprobaban su matrimonio. De eso sí que se lamentaba. Sus padres nunca vinieron a verla, al menos, nosotras nunca los vimos...».

Sin pisar la calle

«Dices que ha aparecido su pasaporte en Pakistán, ¡ah! te voy a pedir un favor, si sabes algo de ella me llamas, porque me gustaría saber... y si es bueno mucho mejor». Este es el recuerdo de una joven con la que Raquel tuvo algo de trato por tener las dos la misma edad y por jugar juntas de vez cuando con los gatos en el pequeño patio de vecindad,en el que estaba encerrada la casa baja de los Azizi. La puerta y la ventana no dan la calle, que sólo se alcanza por un estrecho pasillo. «Ella no salía de aquí ni para hacer la compra». En 2001 se marcharon, primero,él, y luego vinieron a por ella los amigos de ese Azizi... Recuerda, si sabes algo de ella, llámame».

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