Suscribete a
ABC Premium

La cruz del pujolismo

EL último episodio del auto de fe contra el malhadado patriota Fèlix Millet, ya saben ese «conciutadà que ens honoraba» con la Cruz de San Jordi tras cumplir condena en la Modelo por un sonado tocomocho inmobiliario , a uno le recuerda aquella vieja anécdota de Charles de Gaulle y «Le Canard enchaîné». La historia del plumilla que una mañana se dejó caer por la sala de redacción dando saltitos de alegría porque el Gobierno del otro generalísimo acababa de premiarlo con la Legión de Honor. El que, tras llegar el asunto a oídos del director de la revista, sería despedido al fulminante modo. El mismo infeliz que, perplejo, en un intento desesperado por salvar su empleo acertaría a balbucir ante su todavía jefe: «¡Pero si yo no he pedido el premio!». Improcedente excusa a la que el otro replicaría con memorable lucidez: «Eso es lo de menos, desgraciado. ¡No tendrías que haberlo merecido!».

Así, tras lanzar un somero vistazo al par de tomos del listín telefónico que agrupan a todos los señalados con la medalla del Sant Jordi, el mismo uno da en convencerse de que el verdadero honor asociado a tal galardón reside en no haberlo recibido, ni mostrar señales de ir a merecerlo nunca. De hecho, el único servicio genuino del cleptómano de marras a Cataluña acaba de prestarlo ahora mismo, negándose a devolver a la Generalidad su ominoso trozo de latón. Y es que no deja de resultar un acto de justicia poética que los hijos putativos del Doctor Floyd, los mismos filisteos que le negaron el «Premi d´Honor de les Lletres Catalanes» a Mister Pla, además del pan, la sal y el propio Sant Jordi al exiliado Boadella, vayan a tener que cargar de por vida con la cruz de Millet .

En fin, ya se lo advirtió en su día el mismo Pla, que conocía al paisanaje mejor que nadie: «Vigile, Boadella, sobre todo vigile mucho, que Cataluña es un país de cobardes». Pero el desterrado desoyó el consejo del maestro al violar con alegre inconsciencia la Constitución no escrita que rige en este páramo, ésa que prescribe en su artículo primero: A quienes abjurasen de la santa religión identitaria se les respetarán vida, empleo y hacienda siempre y cuando permanezcan más mudos que callados, haciendo expresa renuncia a ejercer los atributos que van asociados a la condición civil de ciudadano.

Bien está, pues, que el intermediario Millet , al fin y al cabo «un dels nostres», se quede con su pin, al tiempo que Boadella luce orgulloso el distintivo más ansiado por todos los aborígenes que aún conservan algún sentido del ridículo: su preciado título de catalán «non grato» en Cataluña. Un honor que, tal como es fama, le concedió el Excelentísimo Ayuntamiento de Calafell reunido en solemne pleno extraordinario y con la aquiescencia de todas las fuerzas vivas da la villa. Socialistas incluidos, «of course».

Esta funcionalidad es sólo para suscriptores

Suscribete
Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación