Tal como somos: la élite de los corazones rotos
JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
¡Qué tipo! Este chico (el prota) es el tercer individuo más lamentable y patético que en el mundo hay. El segundo es Woody Allen en «Sueños de seductor», y el primero, claro,el que suscribe. Un inútil de primera, un romántico, un tipo en el siglo equivocado, un soñador y una buena persona que cree en el amor y se guía por el corazón, así que, evidentemente, se lo rompen en cuanto lo saca a pasear.
Es una peli pequeña, de ésas que pasan de puntillas sin algarabías ni escándalos, pero que toca la fibra sensible de los idealistas, de los hombres destrozados que, al serlo casi todos, acaba rompiendo taquillas (30 millones de dólares en recaudación). Esta clase de trabajos, si están bien trazados y tienen una orfebrería delicada, como es el caso, terminan por llegar al cuatro ojos al que la bella del instituto medio escupe cuando pasa, al solitario enamorado al que la modelo de turno ni mira al pasar, al de la esquina del bar con el whisky en la mano observado por todos con una mezcla de displicencia y pena mientras él ve pasar la vida tragándose su amargura.
Es por eso que siendo una historia común -«chico conoce chica, chico se enamora, chica no»- tiene tanto atractivo. Porque es la historia de cada día, el desencanto brutal, el llegar a la orilla para morir ahogado en ella, la fatalidad del amor sin amor. Y está este Gordon-Levitt, que no ve la tormenta que presiente hasta el espectador de la última fila, la del manco. Un pobre diablo con un corazón de cristal. Es decir, como Woody Allen y el otro idiota. Tres patas de barro para un banco...
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