«Tengo el setenta por ciento de la Vuelta»
En un despiste del verano, se puso a llover sobre el reseco olivar. Como si todo fuera a cambiar por un día. Y así pareció por un momento. «Las he pasado canutas, pero todo ha salido bien», resumió Valverde.
A 3 kilómetros de La Pandera, el murciano se arrugó. Llevaba el maillot oro tintado de oscuro, del color de la tierra mojada. El líder desteñía. Basso, Mosquera, Gesink y Evans lo notaron. Lluvia sobre el campo del aceite. Eso no mezcla. A Valverde le temblaba el pulso por primera vez. Se le veía mala cara. La duda. Hasta pensó que otro año más perdía la Vuelta. «Pero ha sido sólo un momento», dijo después. Jugó con los piñones más ligeros: el de 25 y el de 27 dientes. Miró arriba, hacia la bufanda de neblina que tapaba la cima, y sintió que volvían sus piernas. La Pandera es un puerto con escalas: tras cada muro hay un descanso. Valverde convirtió cada tramo de tregua en un trampolín. Salvo a Cunego -el ganador de la etapa de ayer-, a Mosquera y a Samuel Sánchez, los cogió a todos. Y los pisó como a aceitunas. Extrajo aceite de oro. «Tengo el 70% de la Vuelta ganada» , sentenció en la meta. O más.
«El que se ceba abajo lo paga arriba», resumió el líder bajo los goterones que acribillaban La Pandera. Otra vez le había funcionado su computadora, el arma del nuevo Valverde, el que ya no derrocha ni un aliento. El Liquigas de Basso había convertido el inicio del puerto en una penitencia. La atmósfera era tibia, húmeda. El aire de la sierra jienense abanicaba. Basso, valiente, se sintió cómodo allí. Y quiso despellejar al líder. El italiano subía sentado, ajustando su figura al sufrimiento. A su rueda, Gesink, el ciclista vertical, comenzaba a creerse líder de la carrera. Y Evans, retorcido como el tronco de cualquier olivo, planeaba venganza por el pinchazo de Sierra Nevada. Sólo Mosquera pudo seguirles.
Resurrección a dúo
Samuel Sánchez parecía definitivamente derrotado. Y Valverde, desfondado. Anclado. Durante un instante, el murciano corrió bajo la lámpara de un mal recuerdo: en La Pandera le habían acorralado en 2006 Vinokourov y Kasheskin. Pero aquél era otro Valverde. «He aprendido a sufrir, a mantener el ritmo», explicó.
El líder, de pie, a riñonazos sobre la pared del 13%, apenas escuchaba a su director, Eusebio Unzúe. «Alejandro, tranquilo, que viene `Purito´». El apodo de Joaquín Rodríguez, su gregario más cercano. «Pero he mirado y no venía». En los peores escalones de La Pandera, veinte metros forman un abismo. Valverde era el caracol con la casa amarilla a cuestas. Hasta le pasó como si nada Samuel, rejuvenecido de repente. El asturiano tiene su propia teoría de la velocidad: en Sierra Nevada fue de menos a más. Como ayer en La Pandera. Como en lo que resta de Vuelta. Ya es tercero en la general, tras Valverde y Gesink. Y es, probablemente, el único rival que aún le apretará al líder: está a sólo un minuto y diez segundos.
Jaén es un mar rizado de olivos. Todos en formación. Desfile ordenado. En plena crisis, Valverde mantuvo su propio orden interno. «No me he puesto nervioso. Les veía, sabían que ellos iban al límite». Rodaba sobre su «día malo», el que le afecta en cada gran vuelta. Pero esta vez tiró de los ahorros. Salió adelante. «Estaba tranquilo. Sabía que me quedaba un acelerón». Sobre ese muelle agarró primero a Evans y Basso, y luego a Gesink. Se hinchó de moral. Vio la pancarta del puerto, clavada a un kilómetro de la meta. La puerta de arriba. Había luz. Estaba abierta. Y la cruzó ya delante de Gesink. Descosido. El holandés reculó en el breve descenso hacia la línea final. Ese mínimo descanso volvió a catapultar a Valverde. «Aceite de oliva, un poco de ajo y todos los males se van al carajo», dice el refrán. El líder se curó mientras subía y llegó pletórico a la cima del olivar.
«Cada mochuelo a su olivo», canta otro refrán. Así va la clasificación. Cada dorsal a su sitio: Valverde le lleva 31 segundos a Gesink, 1.10 a Samuel, 1.28 a Basso, 1.51 a Evans y 1.54 a Mosquera. A la Vuelta le queda aún una semana entera, pero sólo un par de puertos en la sierra madrileña, lo que pueda deparar la ruleta de la suerte y la crono de Toledo. Eso y los dos únicos corredores que ayer pudieron con Valverde: Mosquera, el peor contrarrelojista de los favoritos, y Samuel Sánchez, el mejor fondista de todos. Dos chicos de agua. Gallego y asturiano. Los que más difrutaron ayer cuando vieron que por un día hasta granizaba en el olivar. De ellos es el 30% de la Vuelta que aún no pertenece a Valverde.
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